COAC 2026
Orden de actuación de la tercera sesión de preliminares

Cartagena de Indias, la magia colonial

Sus murallas la hermanan con Cádiz y con otras ciudades que levantaron sus defensas para evitar a piratas y corsarios

Fernando Santiago / Cádiz

20 de abril 2009 - 01:00

Cartagena es una ciudad muy literaria. En América, un continente tan dado a escribir, puede que sea de las ciudades que más libros tiene, sobre todo por Gabriel García Márquez. Curiosamente Gabo no es nacido en esta ciudad, sino en una pequeña población del interior, Aracata. Y su principal obra se desarrolla en un pequeño pueblecito como el suyo, con unas cuantas casas con techo de caña brava y con un río con unas piedras como huevos de dinosaurio. No es que esté lejos en kilómetros, lo está en tiempo y tantas cosas. Cartagena es otro mundo. Es el caribe colombiano, una región diferente, con otra temperatura, otros ritmos y otra historia. El cartagenero es jovial, alegre y hospitalario. En seguida invita a un café (¿le provoca un tinto?) con el tono melodioso y dulzón de los naturales del Caribe. No con razón por aquí se piensa que los españoles somos secos y ásperos en el trato. Sobre todo sin nos comparamos con la dulzura con la que el colombiano trata a todos los extranjeros.

La segunda característica de Cartagena es el recinto amurallado de la ciudad vieja. En eso establece su hermandad con Cádiz y con otras ciudades que construyeron sus defensas para evitar a piratas, corsarios, filibusteros y al pérfido inglés. Del sistema francés de baluartes y del ingenio de los ingenieros militares Antonelli (padre e hijo) salieron muchas ciudades con una planta parecida a la de Cádiz. De ahí viene San Juan, La Habana, Veracruz y Manila. Forman una hermandad de ciudades comerciales y marítimas que fueron fortificadas por la corona española para defender el trasiego comercial entre dos continentes. Si bien La Habana y San Juan se han hecho famosa una y próspera la otra, Cartagena conserva un sabor entre canario y gaditano. El principal mercado de esclavos de la costa era dentro de sus murallas. No en vano aquí pregonó y tiene iglesia San Pedro Claver, el defensor de los negros, el que los redimió. Hoy sus cúpulas se ven desde fuera de las murallas, entre la niebla de la mañana, por encima de la muralla donde antes salían las bocas de los cañones españoles que defendían el imperio. España no perdió ninguna flota y apenas algunas barcos que hoy sirven para la imaginación de algunos y el expolio de cazatesoros frente a las costas de La Florida o en el canal de Las Bahamas. Esa ruta de cultura y riqueza empezaba en las montañas de Colombia para emprender la mayor ruta marítima de la historia desde el puerto de Cartagena. Por eso uno puede asombrarse por los fuertes de San Felipe o San Fernando, este último a la entrada de la Bahía. Hoy la muralla es lo que hermana a Cartagena con Cádiz. Quien haya leído La carta esférica dará testimonio de lo expuesto. Y quien lo haya hecho con El amor en los tiempos del cólera o Del amor y otros demonios podrá seguir la ruta literaria de Gabo, que tiene casa frente al Atlántico, en el lado de vendaval de la ciudad, cerca del convento de Santa Clara donde se desarrolla parte de esta última novela, hoy un hotel magnífico, de los más originales y hermosos que uno se pueda encontrar.

Cartagena es ciudad para pasear, bajo su Torre del Reloj que da entrada a la plaza de los coches y al portal de los dulces, donde se pueden consumir gran variedad de zumos hechos con frutas tropicales. En cierto sentido los paseos por Cartagena son como en Cádiz, que cada calle acaba en la muralla o se abre a una plaza, en este caso la de Santo Domingo, con su gorda de Botero o la de la Aduana, el Teatro Heredia, la abandonada plaza de toros de madera, la calle de las Damas o la de la Inquisición, el hotel Santa Teresa, el barrio de Getsemaní, las bóvedas y todos esos rincones maravillosos de la ciudad vieja, del intramuros, de la gente que es de Cartagena. Cartagena y no de puertatierra, que allí llaman Boca Grande. Porque hay vida fuera de las murallas. Boca Grande es la playa, el paseo marítimo de Cádiz, con sus apartamentos, sus tiendas y sus restaurantes. Una playa, eso sí, un poco sucia y nada recomendable. El que quiera disfrutar que se vaya en un pequeño vaporcito a las islas del Rosario, con el único problema que estos barcos no tienen pasodoble conocido. Porque hay que decir que aquí vive un millón de personas, aunque el turista no suele darse cuenta. Son barrios difíciles como el de Candelaria, que se puede ver desde el monasterio situado sobre La Popa. Ahí se ve la Cartagena desconocida , la que se mueve al ritmo de la champeta. No es ninguna broma que Colombia es uno de los principales productores de droga del mundo, pero eso es tan evidente que no es preciso insistir.

Un canal construido por los esclavos sirvió de enlace directo durante décadas a Cartagena con Barranquilla, los dos enclaves estratégicos de la región, para que los barcos llegaran al Magdalena y siguieran para el interior. Este río es la puerta de entrada a Colombia, donde los barcos llevaban a los nuevos colonos, a los conquistadores, a los científicos como Mutis o Humbolt, a donde llegaban los barcos del interior. La tierra de Shakira y del principal carnaval de estos pagos. Un poco más allá Santa Marta, al pie de la Sierra Nevada, donde está la ciudad perdida y donde comienza el Valle Dupar, la tierra caliente de los ballenatos. E incluso más adentro la magnífica población de Monpox, donde se rodó Crónica de una muerte anunciada, un antiguo puerto fluvial en un brazo del Magdalena especializado en la orfebrería religiosa.

El aroma de las arepas acompaña por las calles de Colombia, el de la fruta tropical, de las piñas, los plátanos y de toda la naturaleza ardiente de esta hermosa tierra a la que dio nombre Cristóbal Colón. Una tierra culta y alegre pero desgarrada por guerras y por la delincuencia. Cartagena no es la capital de Colombia, no es la más poblada, no es la más productiva (quizás Barranquilla o Medellín) pero sí es la más hermosa. Los presidentes tienen su segunda residencia oficial en esta ciudad. Su puerto sirve igual para la llegada de cargueros, de cruceros o del Juan Sebastián de Elcano, que lo hará en unos días en un puerto que ya conoce de sobra. Cuando los norteamericanos pierdan su sed de cocaína puede que dejen en paz a esta maravillosa tierra y la magia colonial y literaria de Cartagena pueda brillar con la luz de sus palacios, sus calles, sus plazas, sus murallas y sus fuertes, el dulce cantar de sus gentes, el ritmo de sus canciones o la sabrosura de sus jugos y su café. Cuando guerras y drogas pasen a un lado volverá el esplendor del gran puerto de Nueva Granada, la hermana de Cádiz, el esplendor del Caribe, el escenario de los personajes de García Márquez, los náufragos, los enamorados, los comerciantes, los marinos. La magia colonial.

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