Antonio Soto Espeleta
OBITUARIO
No me resisto a hacer una semblanza de mi tío Antonio Soto Espeleta. Un hombre bueno, un padre ejemplar y un 'gadita' de pro; amaba y defendía todo lo gaditano y respiraba profundamente los aires salineros de esta bendita tierra. Consecuentemente, su muerte, no por esperada, nos ha pillado con el pie cambiado: ignorábamos que estuviera tan enfermo como para dejarnos en un suspiro.
Conocí a Antonio por ser novio de mi tía Carmen, con la que contrajo matrimonio tras un breve noviazgo. La profesión de Espeleta (se le conocía más por el segundo apellido) era la de camarero. Recuerdo que trabajó en el Salón Italiano, en el bar Picola y en el restaurante del Hotel Francia y París.
Pero él no se conformaba con este trabajo; era poco remunerado y tenía una familia numerosa (siete hijos) a la que mantener. Así, sirviendo un almuerzo en el Francia y París aprovechó que entre los comensales se encontraba el presidente de la Diputación Provincial, Álvaro Domecq, se armó de valor y le pidió que le recomendara al Banco de Andalucía, que entonces estaba en la Plaza del Palillero, ya que sabía que iba a salir a concurso unas plazas de ordenanza en el mismo.
Álvaro Domecq no tuvo inconveniente en dejarle una tarjeta suya recomendándolo para uno de esos puestos. Así fue como Antonio entró en el Banco, donde con el tiempo pasó a ocupar el puesto de cajero en una de las ventanillas.
Por su enorme capacidad de trabajo, don de gente y excelente compañerismo pronto se ganó la amistad y simpatía de sus compañeros. Porque si algo le sobraba a Antonio era su enorme capacidad para ganarse amigos.
Conviene resaltar su lado 'gadita'. Era un ferviente defensor de todo lo que olía a Cádiz. La brisa marinera le conquistó siendo un jovenzuelo, de ahí que en toda su vida defendiera con razonamiento y claridad todo lo que era, para él, Cádiz. ¡La de cartas al Director del Diario que escribió para esta sección! Ora para denunciar algo que él consideraba que no estaba bien hecho, ora para felicitar porque se hicieran las cosas como se debían...
La última vez que hablé con él fue con motivo de enviarle mi libro De repente, Mágico González, del cual era un fiel seguidor. "Me ha gustado mucho, y te agradezco me lo hayas hecho llegar", me dijo emocionado. El ya no acudía a ver el Cádiz: su enfermedad le impedía salir a la calle y, por tanto, ir al Ramón de Carranza.
Como padre fue un ejemplo. Siempre atento a cada uno de sus siete hijos, siempre preocupado por su futuro, por eso se fue de este mundo rodeado de todos ellos. Era un hombre bueno.
Descansa en paz.
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