Cuarto de muestras
Carmen Oteo
Tanta hambre
SE trata de un país mediterráneo. Como en tantos otros, el norte del país es más rico y desarrollado que el sur: aunque su desarrollo económico se ha basado históricamente en un mercado nacional y en una abundante mano de obra emigrante y barata procedente del sur. Como sucede en casi todos los países europeos, durante el remoto medievo este país estaba fragmentado en reinos, y cada territorio conserva todavía recuerdos diferenciados de retazos de cultura y de viejas tradiciones. Hasta hay notables diferencias lingüísticas.
Como en tantos otros países europeos, su proceso de unificación estatal estuvo cuajado de precariedades e incertidumbres, pero mientras soplaban vientos de bonanza económica las cosas marcharon razonablemente bien, y los grandes empresarios del norte se enriquecían con el esfuerzo de todos. Igualmente se puso en marcha hace tiempo un modelo regional que concede amplia autonomía a los diferentes territorios y les permite desarrollar sus propias políticas y su propio proceso democrático.
Y como en todos los estados europeos, una constitución democrática y un sistema fiscal más o menos progresivo asegura una igualdad básica de derechos así como un sistema de prestaciones y de inversiones públicas que se deciden desde el gobierno central.
Por supuesto, esa región del norte es muy importante: tanto que incluso a veces condiciona la gobernabilidad del país cuando algunas de sus fuerzas políticas territoriales deciden apoyar a un gobierno central sin mayoría absoluta. Algunas ventajas han ido consiguiendo así a lo largo del tiempo.
Naturalmente sus tasas de desempleo son bastante más reducidas que en el atrasado sur y, por supuesto, sus niveles de bienestar y de consumo están generalmente por encima de la media.
Pero sucede que, cuando sobrevienen tiempos de depresión económica y las cosas empiezan a torcerse, sus habitantes, dirigidos por singulares fuerzas nacionalistas, comienzan a sentirse "incómodos". Tan incómodos, por otra parte, como los del resto del país, que también sufren en sus carnes las consecuencias sociales de una crisis. Pero resulta que en el norte a veces incluso se ponen a pensar que, con sus impuestos -propios de una tierra rica- se está financiando injustamente a los habitantes del perezoso sur; que el resto del país no les concede el reconocimiento que se merecen; y que verdaderamente eso de la solidaridad no está bien diseñado, porque no depende de su propia voluntad.
Es un curioso pensamiento teniendo en cuenta que a menudo sus cuentas públicas resultan deficitarias y tienen que ser los recursos del estado los que vengan a socorrerlos ante una situación que podría acabar en una auténtica quiebra.
Pero esta región del norte de un país mediterráneo, con su dinámica de egoísmo territorial propia de un territorio rico del norte que no quiere solidarizarse con el atrasado sur, se ha visto contaminada por un peligroso virus colectivo: el virus del nacionalismo. En realidad era un virus que ya estaba presente en ese territorio desde hace tiempo. Y he aquí que, a comienzos del siglo XXI, aquella vieja ideología burguesa del siglo XIX, el "nacionalismo", se ha puesto a cabalgar de nuevo, sumergiendo a su población en un imaginario de sueños, nebulosas y utopías que, entre otras cosas, sirven para enmascarar las duras consecuencias de la crisis. Pero sus dirigentes carismáticos se sienten verdaderamente investidos de una trascendental misión histórica que les impulsa a descubrir nuevos horizontes colectivos más allá de todo orden racional y de toda lógica. ¿Qué diría el viejo y socarrón Josep Pla si visitara este país?
Verdaderamente resulta sorprendente que en pleno siglo XXI y en un territorio europeo que se supone culto, desarrollado, y acaso hasta cosmopolita (o al menos lo parecía), de pronto nos vengan con estas gaitas. Ya nos habían advertido algunos pensadores, como Habermas, que los nuevos tiempos corrían el riesgo de traernos una especie de nuevo "feudalismo" donde los egoísmos colectivos podrían volver cabalgar otra vez, en una visión fragmentada de la realidad.
En principio, cabe pensar que en un territorio cuya población está en realidad compuesta mayoritariamente por un colectivo de trabajadores emigrantes, este sector de la población conseguiría equilibrar cualquier tendencia egoísta o separatista. Pero no tenemos en cuenta dos factores: primero, que en una situación general de precariedad laboral los trabajadores emigrantes sólo pueden comportarse como buenos esclavos, besando la mano del amo que les da de comer; y segundo, que al cabo de dos o más generaciones, los hijos o nietos de los emigrantes se han transformado en "conversos" que buscan una lealtad y una radicalidad extremas con la que tratan de identificarse, alejándose de sus ancestrales identidades sureñas.
Y aquí tenemos el numerito: la independencia de Padania.
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