De poco un todo

Enrique García Máiquez

Cuando el grajo vuela bajo

Hace un frío considerable. En estos días, sale solo acordarse de Al Gore y de su teórica teoría del calentamiento, pero eso sería jugar con el viento (siberiano) a favor y lo dejaré para otro momento de climatología más neutral. Parece, no obstante, que se enfría el ardor guerrero de los creyentes en el calentamiento. Hay quien dice que es por la crisis, que nos tiene a todos tiritando, y que les quitó las ganas de poner ni una cortapisa más a la industria, pero me malicio que se puede atisbar también cierto desengaño más científico.

Sea como sea, lo indiscutible es que este frío nos ha cogido de sopetón. El verano es caluroso, sí, pero las Navidades son cálidas, que es mucho mejor, con chimeneas y puestos de castañas y abrazos entrañables. En “Antiguo muchacho”, Pablo García Baena describe sus Navidades de entonces: “La casa se atibiaba en lumbre de braseros”. O con braseros o con calefacción central o eléctrica, así siguen siendo todavía los hogares en Navidad, atibiados. Y las ciudades, iluminadas y musicadas, también se entibian. Por eso, que la ola de frío haya venido justo ahora, cuando volvíamos al trabajo y las calles se apagan, nos ha sentado –por el contraste térmico– mucho peor. Volvíamos al trabajo los que podemos. El final de las vacaciones ha coincidido con las escalofriantes cifras del paro y con los datos de la producción industrial, que se congela. El genio del lenguaje distingue muy bien entre quien se queda en casa (por una baja por enfermedad) y quien se queda en la calle (porque perdió el trabajo). “Quedarse en la calle” es una expresión punzante que transmite desamparo, desorientación, intemperie y mucho frío. Zapatero, que tira con pólvora del rey, esto es, con dinero del pueblo soberano, o sea, con sus impuestos y con los míos, ha prometido que mejorará la cobertura de desempleo. Probablemente sea una medida imprescindible teniendo en cuenta el frío que nos queda por pasar. Pero eso, siendo mucho, no quitará apenas nada de la hipotermia interior que implica “encontrarse en la calle”.

Además, como si no bastase con la meteorología, los rusos cortan la calefacción a media Europa. Y todavía peor, las imágenes de Gaza hielan la sangre. Ya intentaremos el complejo análisis geopolítico; ahora uno piensa en los que van a tener la suerte de no morir. Se encontrarán con un paisaje de casas derruidas. En las guerras, cuando llega el alto al fuego, comienza un frío minucioso, físico y más aún moral, que para ellos se queda, pues ya no copa las primeras planas internacionales.

Dante, que fue un perdedor y un refugiado político y al que confiscaron su casa de Florencia y se quedó en la calle, imaginó el centro del infierno como unos hielos perpetuos, no como unos fuegos espectaculares. Estos días en que los grajos vuelan –no bajo– a ras de tierra, me he acordado mucho de la Divina Comedia (por no hablar de Al Gore).

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