Tribuna libre

Daniel F. Álvarez Espinosa

La franquicia de los clásicos

Cincuenta y tres años se cumplieron el pasado 5 de octubre del debut en la gran pantalla de su agente secreto más famoso, su nombre es Bond, James Bond. Elevado ya a la categoría de mito, este gentleman universal, seductor infatigable, de gustos refinados y exquisitos, piloto de automóviles lujosos (Bentley, Aston Martin), experto en deportes de élite (golf, esquí), amante de la buena mesa (caviar, ostras), fumador de tabaco exclusivo (Morlands) y catador de vinos selectos (Bollinger, Dom Pérignon), resultó ser un fiel reflejo de los sueños y fantasías colectivas de su época, la opulenta sociedad europea de los años sesenta del turbulento siglo veinte.

Enemigo declarado de la extinta Unión Soviética (KGB), Bond siempre luchaba al servicio de una dama (Su Majestad), contra cualquier sindicato del crimen (Spectra) y su ejército uniformado (estilo Mao) que amenazara al sistema capitalista occidental, haciendo un uso responsable de los avances tecnológicos. Una serie de complementos evolucionaban alrededor de este protagonista fundamental, su inevitable atrezzo e intocables señas de identidad: personajes secundarios habituales, sofisticado arsenal de artefactos suministrados por el Mayor Boothroyd (más conocido como Q), mujeres exuberantes que se ajustaban a tres estereotipos: la fiel compañera (sacrificada), la ayudante seducida (arrebatada al enemigo) y la mala perdida (no cambiaba de bando). Y como elemento indispensable de la lucha maniquea entre el bien y el mal, el necesario villano de la función, un ser exageradamente anormal. Caracterizado de manera muy negativa (psicópata, megalómano), solía estar marcado (acomplejado) por su irregular aspecto externo (calvo, tuerto) y con alguna limitación física (mutilado, biomecánico), asistido por un mortífero sicario también desproporcionado (enano, gigante) muy persistente en sus intenciones.

Todos sus filmes repiten un mismo esquema, el patrón del guión estándar (planteamiento, desarrollo y desenlace) oficiado como un ritual: apertura del cañón de un arma y disparo (gunbarrel), espectacular prólogo (teaser) desvinculado de la trama, títulos de crédito sobre insinuantes siluetas femeninas con el tema musical de fondo, llegada de 007 al cuartel general, flirteo con la secretaria Moneypenny, su jefe M le encomienda la próxima misión, recorrido por el taller de la sección Q y obsequio de artilugios, encuentro lúdico con su oponente, éste ordena a su secuaz eliminarle, Bond visita la residencia de su enemigo, su anfitrión le espera y es capturado, trata de matarle de manera original, se escapa y evita por segundos la catástrofe del mundo, salva la última trampa y retoza con su bella partenaire (¡oh, James!) en el agua... continuará (will return).

En la narración fílmica bondiana podemos detectar muchos parámetros de los cuentos europeos tradicionales (socorrer a una hermosa doncella), además de otras referencias culturales a la literatura británica arraigadas en su añeja historia imperial, pues él es un agente del orgullo patrio, sin prejuicios raciales en el lecho, guardián de los valores clásicos (visuales en el mobiliario del despacho de M), centinela de la vieja Inglaterra frente a la modernidad. James Bond representa un mito popular que opera a través de simbolismos (figuras, roles), algunos muy evidentes (eróticos) y otros más solapados (políticos) en el relato: la llamada a la aventura tiene su punto de partida desde la metrópoli londinense (abandono del hogar paterno), para protegerse recibe un objeto mágico de Q (el sabio anciano), se traslada a exóticos escenarios (antiguas colonias), en los extremos de la periferia (máxima lejanía y sitio inaccesible) halla la guarida del lobo (con nombre y acento ruso o germano) acechando (amenaza atómica o bacteriológica) al status quo vigente (hegemonía anglosajona), sortea innumerables peligros en tétricos lugares, es encerrado en una mazmorra subterránea, acciona la fuga mágica (gracias a un juguete), sustrae el preciado tesoro (la llave del poder mundial), enfrentamiento final con la bestia (victoria del titán humanoide sobre el cíclope mutante), restablecimiento del orden, prueba (sobrehumana) superada y premio para el vencedor (consigue a la chica).

Todas las culturas fabrican sus propios héroes y arquetipos, criaturas dotadas de facultades extraordinarias, que sirven de marco de referencia y ejemplos a imitar por el resto de los mortales, individuos todos insignificantes a su lado. La mitología antigua creó unos modelos literarios para la posteridad, luego sirvieron para configurar la mentalidad de otras civilizaciones herederas y su poderosa marea llega hasta nuestros días. Porque en la cultura de masas está ya casi todo inventado. Las inagotables fuentes clásicas (su épica y tragedia), todavía son utilizadas como materia prima para los guiones de muchas superproducciones cinematográficas que se elaboran en la actualidad. Narraciones en apariencia simples, pero cargadas de gran profundidad ideológica, no resulta muy complicado evaluar el grado de influencia social que alcanzan en el imaginario colectivo.

Hoy se estrena Spectre, otra entrega (la número 24 oficial) de la interminable serie y la cuarta protagonizada por Daniel Craig. Bienvenido de nuevo, tocayo, tú siempre tan bien acompañado.

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