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En Cádiz había un hombre que si te podía hacer un favor, te hacía dos. Y no me refiero a favores de compadreo, o de intereses raros, sino favores de buena gente, de corazón noble. Evelio Ingunza Barcala, a la hora de ayudar a los demás, en todo, siempre decía sí. Y si alguna vez debía decir que no, después él mismo le daba las vueltas para que fuera que sí. Frente a otros políticos a los que se les llena la boca con la palabra solidaridad, pero detrás no hay nada, Evelio hacía mucho más de lo que hablaba, quizá porque no era un político profesional.
Era, ante todo, médico. Durante muchos años, Evelio fue el hijo de don Evelio, hasta que fue don Evelio él mismo. Y este detalle es muy importante para explicar su trayectoria vital, porque ese buen corazón y esa gran disposición hacia los demás era herencia evidente de su padre, también todo un señor, como él mismo.
Durante años, Evelio sucedió a su padre y fue el alma máter de la Clínica de la Salud. Pero entonces, como después, ya estaba presente en todas las cosas de Cádiz. Cuando le propusieron ser presidente del Consejo de Cofradías, en unos momentos en los que tal cargo parecía una locura, él dijo que sí, una vez más. Y cuando se le ofreció el momento de entrar en el Ayuntamiento de Cádiz, como concejal del PP, también dijo que sí. A quienes piensan que los políticos van a trincar, cosa que sólo ocurre en una minoría de los casos, hay que explicarles que Evelio hizo justamente lo contrario: la política le costó dinero de su bolsillo, y no le dio más popularidad porque ni la necesitaba, ni la buscaba.
A Evelio lo conocía todo Cádiz, y siempre ponía buena cara a todos. La alcaldesa, Teófila Martínez, lo situó al frente del Tráfico, de la Policía Local, de la Seguridad Ciudadana… Es decir, de ocupaciones en las que el responsable se hace antipático, por no decir malange, pero Evelio ahí también salió triunfante y nunca perdió su talante, que era el mejor de los posibles; ni su forma de ser, que era de buena gente, todo un señor, como ya se ha dicho.
Él nunca me lo contó, pero era obvio que en su vida hubo un antes y un después. Después de quedarse viudo, por supuesto. Aunque tenía a su familia, el golpe de la pérdida prematura de su esposa, Pilar, fue muy duro. A Evelio lo encontré varias veces paseando solitario en las horas tempranas de las mañanas de los domingos, cuando Cádiz es una ciudad adormilada y silenciosa, casi vacía. Me lo encontraba, y siempre se paraba cariñoso, antes de seguir hacia donde fuera. Eso sí, antes de despedirse, siempre me decía: "A ver si esta tarde gana el Cádiz, ¿no?".
Este domingo Evelio ya no pudo pasear solo por las calles de Cádiz. Pero seguro que en el cielo habrá encontrado a su compañera de siempre; y ya habrá ayudado a varios, en lo que sea, qué más da. Él siempre decía sí, a la hora de ayudar, a la hora de su verdad.
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