Llega el calor y con él comienza a difuminarse esta hibernación extraña en plena primavera. El cuerpo empieza a notar –primero como una sensación lejana y casi de eco, luego con más claridad lo va sintiendo como propio– una percepción paulatina de ir desentumeciéndose. Se recupera la sensación corpórea, la existencia de las extremidades. Una a una, fluye en estampida la sangre por venas y arterias, regando el músculo, que se estira. Rechinan las articulaciones. Rota en su propio eje, comprueba la elasticidad, la rotundidad del busto al que no se le desencajan las piezas a pesar de extenderlas a lo largo y ancho nuevamente. Renacemos de la crisálida en la que nos encerramos para protegernos. Buscamos un espejo para ver si el resultado, el cuerpo que ha salido de ese capullo, sigue siendo el mismo, si se parece al que era, si tiene cicatrices. Y la experiencia se repite en cada espíritu, cada persona, cada familia, cada asociación, cada comunidad, cada tribu, cada barrio, hasta que toda la sociedad se encuentre de nuevo para comprobar si se reconoce, y valorar si le gusta más o menos la transformación de este tiempo raro.

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