Jesús Guerrero

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Tan raro y contradictorio

Salgo a la calle, me encuentro en pleno centro de Cádiz y me topo con un atasco de gente. Por la calle Compañía el cauce turístico se recupera dentro de la 'nueva normalidad', con acentos mesetarios y norteños que intentan hacerse entender taponados por las mascarillas; algunos mascan incluso vocablos llegados desde el mismísimo extranjero. No hay cruceros todavía pero hay apartamentos turísticos que florecen como setas en cada calle. El centro a rebosar, las mesas de las terrazas con colas, las playas repletas... todo un éxito. Y yo, en medio de ese mar de buenas noticias, me siento náufrago de emociones y no sé si tengo que alegrarme o justo lo contrario.

No sé si debo preocuparme por la cantidad de visitantes de todos los rincones que provienen de zonas mucho más castigadas por el covid que nuestra tierra y que son potencialmente portadores, sin conocimiento y con todas las buenas intenciones, de virus y brotes de los que aquí estábamos casi libres hasta bien entrado julio. No sé si debo enfadarme por haber perdido lo que había redescubierto sobre las bondades de disfrutar de Cádiz para los gaditanos, sin masificaciones hosteleras, playeras o de viandantes.

Quizás debería embargarme la alegría por la cantidad de dinero que dejarán en la ciudad, por lo felices que estarán los hoteleros, empresarios de la restauración y ocio y todos los sectores que se ven beneficiados por la actividad turística. Debo seguramente estar contento por el empleo, por la recuperación económica, por el paso hacia una normalidad extraordinaria. Las calles vacías eran un escenario tan triste.

Me siento raro ante todo este proceso. Voy a los bares, voy a conciertos distantes, evito las aglomeraciones en la playa, me desagrada cuando veo a mucha gente junta paseando por la misma zona, he hecho planes de viajes y los he descartado ante las incomodidades, la pereza o el miedo a los rebrotes, nuevos confinamientos o cuarentenas. Todo es tan contradictorio que cuando pensaba que tener pocos contagios era una buena noticia, la misma circunstancia se transformó en un arma de doble filo en cuanto a capacidad nula de anticuerpos, lo que nos convertía en una manada vulnerable al coronavirus. En esa nos encontramos cuando invitamos a todos los turistas a disfrutar de nuestra casa, les decimos que es zona segura, mientras una buena cantidad de países europeos recomienda a sus ciudadanos que no pasen por España o que tendrán que afrontar una cuarentena preventiva a la vuelta.

No podemos parar nuestro motor económico para que la maquinaria no gripe, vendemos tranquilidad y felicidad pero con la boca pequeña, intentamos recuperar una normalidad que es muy relativa, porque todo este proceso nuevo está enmarcado en unos polos de lo que es bueno y malo que están muy cerca, tanto que a veces se atraen y llegan a tocarse. Todo es tan raro y contradictorio.

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