Relatos de verano

Carmen Camacho

La casa sobre el cine de verano (3)

Los fenómenos y comportamientos extraños que se daban en la casa construida sobre el viejo cine Fausto parecían tener una explicación científica: las películas, descompuestas por la calima, el óxido y la humedad, despedían gases tóxicos que causaban en los vecinos efectos alucinógenos. Eso le contó a Candela Felipe el del bar La Vega. ¡Patrañas!, ¡pamplinas! Doña Ana, que vivió los años gloriosos de los cines de verano de Sevilla, le contará a Candela las historias verdaderas y bellas de aquel cine. Y una terrible desgracia que sucedió en él. Pasen y lean.

Fuera, los afiches, el trajín de la gente, la chiquillería, algún muchacho con su terno de domingo, mocitas salerosas de Triana, la impaciencia haciendo cola en la taquilla. En la mano, el ardiente papelón de pescaíto. El puesto de higos chumbos. "¡Camarones!", "¡almendras, pipas, altramuces, venga niña, cómprale al tito Juan!". Dentro, el albero remansado, recién regado, las sillas de enea primorosamente dispuestas, la pantalla de loneta, las guirnaldas de bombillas, los jazmines despuntando. Preparado el ambigú, fresca su selecta nevería. Una noche de verano más, el cine de verano Fausto abre sus puertas en la memoria de doña Ana, la abuela de la Sonia.

"Como te lo estoy contando era, antiguamente -dice doña Ana a Candela-. No había solar en Sevilla en el que a partir de mayo no brotara como un lirio un cine. Yo fui mucho, desde antes incluso de ponerme de novia con Antonio; iba con las amigas, no eran nadie, mis amigas... Seis reales costaba la entrada, seis para todo el mundo, que en el Fausto no había entradas de general y preferencia".

"Que te conozco, Candela -salta de pronto la Sonia-. No me vengas a decir que qué avance social eso de que cada cual se sentara en el Fausto donde quisiera, ¡ay, cómo se nota que tú has venido al barrio 25 años después de que cerraran el Fausto!". Y es que a la Sonia, una vez, de chica, la llevó su hermano el Quini a ver Rocky IV, y los granujas de atrás le untaron en el cogote la lechecilla de un higo, y todavía se está rascando. En otra ocasión, al Quini le arrearon un estacazo en la cabeza por llamar "palo" a lo que, para el otro chaval, era la auténtica espada de Star Wars, de madera, sí, pero de Star Wars.

En el extenso surtido de pequeños placeres que procuraban aquellos cines de verano, la película que se proyectaba era, por lo general, secundario. A Conchita y Josefa jamás se las vio por separado ni en misa ni en el Fausto. Capaces eran de levantar y reorganizar a la gente de tres filas con tal de sentarse juntas. Pétreas de oído, Josefa y Conchita tenían un lenguaje propio para comentar ligeras la película. Espolvoreaban la sesión con interjecciones en alta voz: "¡Jesús, Jesús!", chillaba la una; "¡Fite tú!", gritaba la otra, pelando pipas a buen ritmo; "¡Oj! -seguía, poniéndose el abanico delante la cara-. Avisa Josefa cuando acabe el tiroteo".

Y es que el Fausto era más famoso por los personajes que se encontraban entre el público que por los que salían en la pantalla. En la puerta, cuenta la Sonia, El Godino bailó por bulerías La muerte tenía un precio. El pequeño Nono, bebedor empedernido de mirindas, iba sin camiseta, con un penacho de plumas de jefe indio sioux que le llegaba hasta el suelo y dos flechas de chupón. Los más jaraneros esperaban el momento en que se acababa el rollo de uno de los proyectores y se producía un salto para liarse a silbar y a hacer chistes y coplillas. Si la cinta era de Bruce Lee, los niños echaban el día inventando mañas de kung-fu. "Si te interesan, Candelita, las cosas antiguas de aquel cine que estuvo donde ahora está tu casa, yo te puedo relatar muchos sucedidos -se ofrece doña Ana-. Y también una desgracia muy grande que pasó en el Fausto poco antes de que cerrara para siempre".

Fue realmente una desgracia lo que pasó en aquel cine. Nadie sabía su nombre. Faustino, lo bautizó la gente, por ser el guarda nocturno del Fausto. Era un vigía al bies, poco facultado para el cargo. Guapo de cara aunque famélico, lánguido, más bien ensimismado, como desorientado, era capaz de perderse hasta en el solar diáfano del cine. De las tres palabras que doña Ana cruzó con Faustino en toda su vida, sacó en claro tres cosas: que era del norte (por el habla), buen lector (por el verbo) y mejor persona (por el semblante). Al muchacho lo encontraron muerto la mañana del 16 de julio de 1991 dentro del armario de la caseta. Al parecer, sacó las películas y las baldas para meterse dentro y allí se dejó morir. "Fue de sobredosis", dice la Sonia. El caso es que no hubo autopsia, ni nadie que lo llorara. Salvo Candela, esta misma noche, ya de vuelta a casa, acurrucada en la cama. Candela llora ahora, con 25 años de retraso, la muerte de un hombre que no conoció.

A Faustino lo enterró el Ayuntamiento. Al Fausto, una constructora. En septiembre, le pusieron el candado y un cartel gigante: "RESIDENCIAL FAUSTO. NUEVA PROMOCIÓN DE VIVIENDAS. PRIMERAS CALIDADES". Llegó el invierno; el barrizal anegó el solar de los sueños.

"Donde ayer brotaron cines como lirios, hoy crecen bloques de pisos como espárragos subidos", lamenta doña Ana y respira en un ¡ay! "Los tiempos cambian, abuela -espeta la Sonia-. Y para bien: ahora ves tu película o la copla estupendamente en la casa, con tu aire acondicionado y sin necesidad de aguantar a nadie". "También es verdad", se resigna dona Ana. "¡Pues, claro que sí, yaya!", sonríe la Sonia, haciéndole una seña con los ojos a Candela para que deje de llenarle a su abuela el pecho de suspiros.

¿Quién era ese tal Faustino, cuyo ataúd fue el armario que ahora está junto a su cama? El espejo de la luna refleja esta noche la sombra de Candela llorando sin consuelo, confusa, estremecida.

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