¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
La ordinariez de la ordinalidad
Tal vez impelido por el cambio de año, he hecho zafarrancho en mi casa. (“¿Zafarrancho?”, les oiré decir. “¿Ha irrumpido el Séptimo de Caballería en el salón?”). Más bien querría haber dicho expurgo, pero se me hace raro escribirla así, con todas las letras, porque en Sevilla como yo la he oído ha sido siempre con esa doble consonante tan propia de nuestra habla, en la que la primera se convierte en una especie de trampolín sobre el que la segunda se apoya y se impulsa hacia arriba. Nosotros, por ejemplo, tomamos la fría “desnortado”, le quitamos el polvo, le calentamos la sangre, y la volvemos ennortao. Con expurgo no llega a satisfacerme ninguna grafía, ni ehpurgo ni eppurgo, ni una de esas raras combinaciones de letras y acentos circunflejos que a veces me encontraba por los muros de Feria y sus alrededores y en la que unos locos editaron el Principito.
La palabra, como tantas otras que daba por sentadas, ha cobrado otro cariz al juntarme con madrileños. La distancia es también esto. Ya en Berlín, hace muchos años, Adrián, un gallego barbudo que siempre iba de negro, me preguntó qué significaba “carajote”. A mí, al oírlo, se me quedó cara de ídem. Hay fronteras que uno no percibe, pero que están donde uno está, acompañándolo, separándolo de los demás y recordándole que no son como él o que no comparten toda su historia, pero dándole también calorcillo y haciéndole ver que hay muchas formas de hablar y de ser que están esperando a ser descubiertas. Sobra decir que en la meseta, como a cuatro torres Pelli sobre el nivel del mar, no han llegado a oír nada parecido a ese expurgo que tan naturalmente me sale de la boca cuando hablo del trajín de estos días. (“¿Trajín? ¿Qué eres, el superintendente Vicente?”).
Ellos, los del norte del sur, no saben lo mucho que pesa para mí esa palabra. Como en mi casa no teníamos estrecheces pero se contaba cada peseta, todos los años mi madre y yo nos encerrábamos en un cuarto lleno de armarios y empezábamos a probarme ropa de mi hermano y mi primo, que me llevaban unos cuantos años. Como yo estaba gordito y tenía un carácter operístico, y como estas sesiones duraban horas, los llantos y la rabia de no caber en los pantalones llenaron hasta arriba la palabra de aires tristes. Lo que tuvo que aguantar mi madre. Todo esto es, a fin de cuentas, y emocionalmente, también un expurgo.
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