Cuarto de muestras
Carmen Oteo
Tanta hambre
Yademás... es maricón. Con esta frase se redondeaba la ristra de descalificaciones para quienes, en un pasado no muy remoto eran desafectos a la Dictadura. Eran de la Otra Banda. O del otro bando: el perdedor. Era un sambenito público el que se colgaba a aquellos varones que, por su condición sexual, no eran como la mayoría homologada, para lo que había que reunir cuantas más de las siguientes condiciones: camisa azul mahón, brazo en alto, misa y comunión diaria, en definitiva, gente de orden y machote en su apariencia, con posibilidad de un añadido, el uso de sombrero porque, según la propaganda de la época de una avispada sombrerería local "los rojos no usaban sombrero". Lo cierto es que existían, como en la actualidad, personas diferentes que no se atrevían a mostrarse en público como eran; algunos hasta se casaban y tenían hijos por aquello de las apariencias; otros, ocupando puestos de responsabilidad en alguna Parroquia, el Ayuntamiento o en más altas magistraturas de gobierno, aplicaban aquel "haz lo que yo diga, pero no lo que yo haga", reprimiendo a los de su misma condición sexual, empero, desahogándose a modo en privado, desde su privilegiada condición. Basta que escuchemos a nuestros padres o abuelos, sobre esos singulares personajes que todavía andan en la memoria y por las calles de El Puerto. Otros, más valientes -más señores, más por derecho que aquellos que los perseguían, no tenían escrúpulos a la hora de mostrarse en toda su sinceridad, travistiéndose y sufriendo por ello penas de arresto y palizas sin cuento en el cuartelillo de la Policía. Y otros, para sentirse más cómodos ejercían profesiones por entonces consideradas femeninas: cocineros, decoradores, peluquero o estilista, algún sastre, ... Todas dignas profesiones que les permitían mirar al mundo de frente, cuando se sentían discriminados por el régimen y la mayoría silenciosa y borreguil de la noche franquista. Peor aún, en la actualidad, en países del tercer mundo cuando son ejecutados o vejados y apalizados en Rusia. Pero hogaño, en El Puerto, llamar a alguien maricón, es sinónimo además, de no ir por derecho, de portarse como una mariquita, de utilizar vueltas y revueltas manipulando con astucia, para alcanzar sus objetivos; es entonces cuando, la voz de la calle los tilda de 'mariconazos'. De estos hay que guardarse, porque como decía mi amigo Miguel, "esa tiene más mala leche que una perra paría". Cuidado.
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