La palabra síndrome siempre ha despertado mi curiosidad. He leído sobre el síndrome de la rana hervida, sobre el síndrome Anna Karenina, sobre los llamados síndromes culturales... y, cómo no, sobre el síndrome postvacacional. Las estadísticas dicen que son miles los españoles que agarran una pataleta que ríete tú de las de Neymar con sólo pensar en el final de las vacaciones. Yo soy más del juez Calatayud, que dice vámono que nos vamos, que los niños a estudiar y los padres a trabajar. Porque, ¿quién quiere unas vacaciones para siempre, para toda la vida? Qué palabra tan fea siempre, qué totalitaria. Hay días de las vacaciones magníficos y otros que no lo son tanto, como puede ocurrir en cualquier trabajo que uno encare con ilusión. Llegar de vacaciones con la cara mustia, tal y como están las cosas, me parece una falta de respeto. Más aún si pones la misma cara triste cuando te mandan al paro.

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