Tribuna

Juan Torrejón Chaves / Historiador

Real Isla de León, 29 y 30 de marzo de 1812

03 de abril 2012 - 01:00

Las Cortes generales y extraordinarias decretaron, en la sesión del 18 de marzo de 1812, el modo en el que habría de solemnizarse la publicación de la Constitución en toda la Monarquía, y la forma en que se juraría su acatamiento. La primera publicación solemne de la Constitución se efectuó en la tarde del 19 en la ciudad de Cádiz, como Corte o residencia del Gobierno, y resultó muy deslucida por las adversas condiciones meteorológicas. Pero este día el pueblo gaditano no juró su observancia; lo que no llevó a cabo hasta el siguiente 7 de junio. El altísimo honor de ser la primera población española de ambos hemisferios en hacerlo quedó reservado a la villa de la Real Isla de León.

En la mañana del 29 de marzo, domingo de Resurrección, el Ejército acantonado en la misma celebró la publicación y juramento de la Constitución en el prado o manchón de Torre Alta -al que pocos días después las mismas Cortes otorgaron la denominación de "Campo de la Constitución"-. Allí, a los pies del Observatorio de Marina, formaron los regimientos y batallones de Guardias Españolas, Guardias Walonas, Academia Militar, Zamora, Navarra, Jaén, Guadix, Ciudad Real, 4.º Batallón de Zapadores, Depósito Militar, Guardias de Corps, Caballería y Artillería; acompañados de las tropas aliadas, británicas y portuguesas, que se hallaron también en formación, a retaguardia y sin armas. Sin lugar a dudas, la visión debió resultar imponente.

A las once horas, efectuó su entrada el Comandante General del Cantón y mariscal de campo Gregorio Rodríguez, portando en sus manos el texto constitucional, que fue recibido en orden de parada, con los tambores y músicas de los Cuerpos tocando marcha.

Las tropas presentaron armas y la Carta Magna pasó por su frente recibiendo el saludo de las banderas. Seguidamente, se ofició una misa en un tablado cuadrado levantado en el centro del manchón, cubierto de damascos con los colores del pabellón nacional, amarillo y rojo, en el que se colocó bajo un dosel el retrato de Fernando VII. Acto continuo, la Constitución fue leída en alta y clara voz, así como los mandamientos de su publicación, observancia y juramento. Todos los generales, jefes, oficiales y soldados la juraron. De inmediato, se efectuaron tres salvas, precedidas cada una de quince cañonazos, a los que correspondieron las baterías y puestos avanzados de la línea de defensa, así como las fuerzas sutiles marítimas. Las descargas fueron seguidas con las aclamaciones sucesivas de "¡Viva la Nación!", "¡Viva la Constitución!", "¡Viva el Rey!"

Terminada la ceremonia del juramento militar, se levantaron pabellones de armas, y los oficiales y soldados españoles fueron a buscar a sus compañeros británicos y portugueses para convidarlos a almorzar. En la parte más elevada de Torre Alta, se situó la mesa del Estado Mayor, adornada con las banderas de las tres naciones y colocada con tal gusto y elegancia que llamó la atención de todos. En el pabellón español se leía: de un lado, "Viva la triple alianza de España, Inglaterra y Portugal"; y, del otro, "Gloria eterna a la Constitución, al Congreso y Gobierno español".

El banquete discurrió en un ambiente general de cordialidad y camaradería hasta entonces nunca vistas. Las músicas reunidas de las tres naciones entonaron himnos patrióticos y se efectuaron numerosos brindis. Un inmenso gentío fue testigo de la fraternidad y unión que existió entre los ejércitos aliados. Las escenas fueron tan conmovedoras que muchos lloraron de emoción. Al mayor general Cooke, jefe de las fuerzas británicas y portuguesas, se le vio hacerlo en repetidas ocasiones.

Cuando dieron las cinco de la tarde, se tocó llamada: las cajas sonaron y los soldados corrieron a sus filas, quedando la tropa formada en línea de batalla. En columnas, los Cuerpos desfilaron saludándose mutuamente; acompañaron al Comandante General hasta la villa; y se retiraron en seguida a sus cuarteles. Así terminó para las fuerzas aliadas defensoras de la Isla de León este día tan hermoso como memorable.

El Gobernador político y militar de la Isla, el brigadier de la Armada Miguel A. de Irigoyen, recibió el libro de la Constitución del mariscal de campo Gregorio Rodríguez en el propio manchón de Torre Alta, tras el juramento del Ejército. Luego, se dirigió a la Plaza Mayor de la villa para efectuar la primera publicación. Allí se hallaba uno de los cuatro tablados revestidos de damasco que se habían levantado al efecto. A su terminación, los gritos de "¡Viva la Nación!", "¡Viva la Constitución!", "¡Viva el Rey!" fueron contestados por el pueblo con las mayores aclamaciones y demostraciones de júbilo. A renglón seguido, el cortejo se encaminó por la calle Real hacia la Plaza de la Iglesia para realizar la segunda publicación en el tablado correspondiente. Luego, la comitiva se trasladó hasta el sitio de la Placilla Vieja, donde se llevó a cabo la publicación en el tercer tablado con la misma pompa y solemnidad, entre los vítores del público. Desde aquí, y por las calles de San Juan de Dios y del Rosario, se salió a la calle Real, por la que se continuó hasta las casas en que moraba Enrique O'Donnell, Conde de La Bisbal y Regente del Reino. En el tablado erigido al frente de las mismas, se hizo la cuarta y última publicación, con igual aparato, aclamaciones y general alegría. En todos los tablados realizó guardia la Milicia Honrada de la villa, y los balcones del recorrido se hallaron adornados con colgaduras desde por la mañana.

En aquella apacible noche, la Isla lució una iluminación general, sobresaliendo la de las Casas Capitulares. El vecindario recorrió las calles y plazas con el mayor regocijo, manifestando así la felicidad que le embargaba al ver publicada la Constitución. La fiesta duró pasadas las once de la noche, cuando la iluminación concluyó y todo quedó tranquilo sin que hubiese ocurrido el menor altercado.

En la mañana del siguiente, día 30 de marzo y lunes de Pascua, se llevó a cabo la función religiosa en la Iglesia Mayor Parroquial. La misa de pontifical fue oficiada por el Obispo de Sigüenza, quien en una sucinta plática exhortó a los presentes al exacto cumplimiento y observación de la Constitución. Sus palabras, plenas de sensibilidad y patriotismo, enternecieron a todos los presentes. Antes del ofertorio se efectuó la lectura pública de la Constitución y de la Instrucción anexa.

Concluida la misa, el Gobernador Irigoyen tomó el juramento de fidelidad, obediencia y observación de la Carta Magna, en estos términos: "Españoles que estáis en el suelo de esta noble Isla, atended: ¿Juráis por Dios y por los Santos Evangelios guardar la Constitución Política de la Monarquía Española, sancionada por las Cortes generales y extraordinarias de la Nación, y ser fieles al Rey?" A lo que respondieron el pueblo, el clero y la justicia al unísono: "Sí, juro".

Seguidamente, el mismo Gobernador hizo lo propio con el Alcalde Mayor de la villa. A los renovados gritos de "¡Viva la Nación!", "¡Viva la Constitución!", "¡Viva el Rey!", todos correspondieron con manifestaciones de júbilo. Siguió, finalmente, el Te Deum, que fue cantado con la mayor solemnidad.

Ha de resaltarse que el texto utilizado para la publicación solemne y juramento de la Constitución en la Isla de León los días 29 y 30 de marzo de 1812, fue el del manuscrito original que las Cortes entregaron a la Regencia para que lo conservase en su archivo, que se hallaba encuadernado y forrado de tafilete encarnado. La Constitución impresa no vio la luz, en su primera edición, hasta primeros de mayo siguiente.

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