Cuarto de muestras
Carmen Oteo
Tanta hambre
LA nave capitana de Cristóbal Colón representa uno de los mejores iconos a la hora de encarnar los muchos misterios que rodean al Almirante y su descubrimiento, un barco que algunos señalan como nao y otros como carabela y del que no se sabe si fue construido en El Puerto de Santa María, en Galicia -de donde provendría su apodo de LaGallega- o, como parece más probable, en los Reales Astilleros de Falgote, en Colindres (Cantabria). Más allá de que algunos se hayan referido a ella como la Marigalante, lo que forma parte de un error histórico al confundirla con la capitana del segundo viaje de Colón, sí contamos con algunos datos precisos de la nave, como por ejemplo que era propiedad de Juan de la Cosa y que embarrancó el día de Navidad de 1492, momento a partir del cual todo lo que acontece a su alrededor se oscurece hasta la confusión. ¿Quién fue el responsable de su pérdida? ¿Dónde están sus restos? ¿Quién mató a sus tripulantes? ¿Qué fue de la campana que anunció al mundo la existencia de un continente nuevo?
Por la disposición de su aparejo, la SantaMaría obedecía al concepto de carabela y también al de nao. Sin embargo, el hecho de contar con un castillo a proa y su elevado francobordo nos permiten ajustarla más como ésta que como aquélla. La confusión que suele darse al respecto podría estar originada en el hecho de que los Reyes Católicos ofrecieron tres carabelas en las conocidas Capitulaciones. Sin embargo, en sus escritos, el mismo Colón se refiere varias veces a su capitana como una nao.
En cuanto al pecio, el pasado 13 de mayo el arqueólogo norteamericano Barry Clifford anunció al mundo el descubrimiento de sus restos en aguas someras próximas a la costa de Haití, en las inmediaciones del lugar donde está documentado que varó. Siendo benévolos diremos que Clifford se equivoca, porque es prácticamente imposible que los restos de la capitana estén debajo del agua, ya que la nave se perdió al encallar en un arrecife situado en el lugar de sedimentación de varios ríos, lo que en los últimos años ha producido cambios topográficos notables y hace probable que sus restos hayan quedado cubiertos por una capa compacta de lodo y arena. Valga como ejemplo un monolito emplazado en la zona en 1892 para señalar el hallazgo de un ancla que ha perdido de entonces a hoy más de un metro de altura, por lo que todo apunta a que los restos de la nao se encuentren bajo tierra y no en el fondo del mar. Por otra parte, Clifford asegura haber encontrado una lombarda en el lugar del naufragio, lo que acentúa la extrañeza de que se trate de la SantaMaría, de la que Colón escribió que, tras su naufragio "no se había perdido una agujeta". Y si el Almirante utilizó los restos del barco para levantar el Fuerte Navidad, parecería una imprudencia no haberse llevado una de las pocas lombardas [un tipo de cañón] con las que contaba a bordo.
En cuanto a la maniobra que llevó al barco a embarrancar, hoy sabemos que la copia del Diario de Colón que nos ha llegado a través de Fray Bartolomé de las Casas podría haber estado manipulada en beneficio del Almirante ante la inminencia de los Pleitos Colombinos, pues contiene errores graves impropios de un marino. Con los datos que tenemos hoy, todo apunta a que la varada se produjo durante la guardia del propio Colón y que éste no habría querido cargar en su historial con semejante borrón, haciendo responsable a De la Cosa, que tomó la guardia después del Almirante.
Las vicisitudes de la campana de la SantaMaría constituyen otro misterio con todos los ingredientes para una película. Su historia, en lo que aquí concierne, empieza con el repiqueteo que siguió al grito de tierra a la vista nacido en la garganta de Rodrigo de Triana en la cofa de la Pinta. De unos 14 kilos de peso, la campana seguía intacta en el Fuerte Navidad cuando, a su llegada a la Española en el segundo viaje, el Almirante encontró el fuerte destrozado y a todos los españoles muertos. Heredada por su hijo, veinte años después fue vendida en Puerto Rico.
A finales del siglos XVI fue embarcada rumbo a España a bordo del galeón SanSalvador, que naufragó 200 millas al norte de Lisboa, desapareciendo la campana bajo el agua hasta que, en 1994, el italiano Roberto Mazzara dijo haberla encontrado, lo que dio lugar a una larga batalla legal entre el cazatesoros y los gobiernos de España y Portugal, mientras se discutía una autenticidad para la que abundan las pruebas, aunque ninguna sea concluyente. En el archivo de Indias existe un legajo en el que consta que "el SanSalvador se ha perdido en Portugal con el signo de la Navidad...", y en castellano antiguo la palabra 'signo' alude a una campana pequeña. Aunque su autenticidad no esté certificada, está demostrado que es la campana más antigua del mundo, y si en 1495 fue vendida en Puerto Rico por 32 pesos, hoy su precio en subasta podría acercarse a los 50 millones de euros, aunque hoy por hoy resulta difícil saberlo ya que en 2002 el Juzgado de Instrucción número 2 de Madrid decidió abortar la puja de la pieza a la vista de las desavenencias entre los litigantes, motivo por el que la campana quedó cautelarmente en los sótanos de la empresa encargada de la subasta, de donde desapareció sin dejar rastro y sin que se haya sabido más hasta la fecha.
En cuanto a la autoría de las muerte de los españoles que quedaron en el Fuerte Navidad esperando la vuelta del Almirante, la mayoría de los investigadores apuntan a los indios tainos, aunque otros sospechan que las muertes pudieron deberse a reyertas entre los propios marineros. Otro misterio sin resolver en relación al barco más relevante de la historia después del Arca de Noé.
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