Gafas de cerca
Tacho Rufino
Trump, con un par
En el panfleto financiado por Florentino Pérez y dirigido por Eduardo Inda OKDiario apareció días pasados un joven que se identificó como hermano de la cofradía de la Macarena, expresaba con rotundidad su alegría por la exhumación de los restos de Queipo de Llano y el posterior traslado a un cementerio como establece la Ley de Memoria Democrática aprobada recientemente por el Congreso de los Diputados, el lugar donde reside la soberanía nacional. El chico venía de misa y expresó su alegría porque se cumpliese la ley por el daño que había causado a la Hermandad y al barrio el que fuera capitán general de Andalucía durante el golpe de estado de 1936, al que se le atribuyen 45 mil asesinatos. Ese testimonio, a mi modesto entender, entraña un extraordinario valor por tratarse de un hermano de la cofradía. No dudo que los descendientes de los masacrados por el general felón estén felices, me parece de un extraordinario valor personal la mujer que gritaba "honor a las víctimas" frente a quienes daban vivas a Queipo y Franco a la salida del furgón funerario que trasladaba los restos de Queipo. Comparto la alegría de todos ellos porque el tiempo haya situado en el lugar que le corresponde a Queipo de Llano, el de los canallas y los genocidas. Me parecen perfectas todas las leyes de memoria democrática, la primera del tiempo de Zapatero, la de Andalucía y esta última en tiempo de Pedro Sánchez. Creo que hay que reparar la memoria de las víctimas, ayudar a sacar de los cunetas los restos de quienes fueron vilmente asesinados para que sus familiares decidan qué hacer. Creo que es preciso terminar de sacar de los edificios y del espacio público cualquier recuerdo u homenaje a los que participaron en el golpe y en la represión posterior, con el cuidado de no tirar el niño con el agua sucia cuando se elimina a escritores por el mero hecho de que fueron afines al franquismo. También me parece perfecto que se hayan suprimido todos los títulos nobiliarios concedidos por el franquismo. Dicho todo lo anterior, sigo sin entender el motivo por el cual una ley decide lo que se hace en un edificio de propiedad particular. A mí la basílica de la Macarena me es completamente indiferente, como es propiedad de la Hermandad, deberían ser sus hermanos quienes decidieran qué se hace en el interior del edificio. Si entierran genocidas, allá ellos con su conciencia. Supongo que dentro de la doctrina cristiana no se incluyen homenajes a aquellos que contravinieron la doctrina de la que presumen. No creo que sea función del Parlamento legislar sobre lo que se hace en un lugar privado, no hay diferencia entre que los restos de Queipo estén en un cementerio o en una capilla.
También te puede interesar
Gafas de cerca
Tacho Rufino
Trump, con un par
Crónica personal
Pilar Cernuda
Pedro Sánchez de rebajas
El pinsapar
Cerrar el grifo
Postrimerías
Ignacio F. Garmendia
Marienbad
Lo último