tribuna

Carmelo / Delfín / Jurista

El Manto de Penélope

23 de marzo 2011 - 01:00

A30 años vista del 23 F leo diversos comentarios que recuerdan el supuesto gobierno que pretendía formarse encabezado por un militar y apoyado por diversos diputados. Un golpe torpe pero fundamentado por sus actores en la necesidad de que el ejercito se sintiera garante de la unidad nacional, que a juicio de los golpistas, se quebraba irremediablemente. Tejero entendía que se destejía la unidad de España y quiso tejer no un manto, sino una tela de araña para que cayese el Rey. Y es que la idea de la unidad de España, como el manto de Penélope, se teje y desteje desde hace siglos. Tuvo su cenit durante el franquismo, periodo en el que el sentido de lo nacional no estaba democráticamente legitimado y su penuria en la Constitución de 1978 en la que la idea de la nación se ensombrece, culminándose el proceso post constitucional con los Estatutos Catalán y Vasco del 2006 en un parecido simétrico a la II Constitución de la República.

En estos días se preparan los actos conmemorativos de la Constitución de 1812, rodeados de un halo de solemnidad y orgullo, como si aquella fue el paradigma y antesala de los idearios de nuestra Constitución. Pero no fue así. La Constitución de 1812 fue el intento mas paradigmático de unión nacional, un hito único que puso, por primera y única vez a un pueblo unido contra el invasor Napoleónico. Paradójicamente, son las ideas afrancesadas centralistas las que imperan en la Pepa que nunca se impusieron realmente, bien por la resistencia de los Catalanes y Vascos, bien por la resistencia de la propia Iglesia (a la que la Pepa reconoce por cierto, como "la única en España, católica, apostólica y Romana"). La guerra contra Francia fue una oportunidad única para afianzar el sentimiento nacional, cuestión de la que igualmente se lamentó Azaña en el discurso en la Cortes en 1932 acerca del Proyecto de Estatuto Catalán.

Así, la de 1812 ni era laica ni era autodeterminista como la del 78.

La nación Española, desde el tratado de Utrech, insisto, se ha comportado como Penélope con su manto. Los Borbones traían, lógicamente, aires afrancesados y quisieron imponer la unidad de la nación sobre el sistema pactista que imperó desde los Reyes Católicos. Decía Ortega que, el particularismo, es decir, el carácter insolidario, es el fundamento de la desvertebración de España. El particularismo tiene como consecuencia el ensimismamiento egoísta e insolidario de los dominantes del poder, atentos solo a los intereses de las corporaciones a que pertenecen (sic).

Pensaba Ortega que a diferencia con Inglaterra y Francia, en donde las minorías han cambiado su historia, en España, el origen del particularismo viene dado por la dominación de las masas en lugar del liderazgo de los mejores en la formación de los políticos y la deficiente implantación y desarrollo del feudalismo en la organización de los Reinos nacionales. Ortega decía que "el problema de España es de cultura, y la solución al problema depende únicamente de las clases intelectuales".

Como causas que imposibilitaron formar un espíritu integrador que convenciese de los beneficios de la unidad nacional encontramos durante el siglo XIX y principios del XX un Estado débil que tardó en dotarse de una organización adecuada en lo político y en lo administrativo, unas políticas educativas y culturales deficientes (la educación, con la Pepa paso de la Iglesia a los Ayuntamientos, ya pobres de solemnidad), una tardía unificación económica, falta de infraestructuras adecuadas y finalmente una falta de ilusión en la población que no supieron alentar los distintos Gobiernos.

Pero no fue la implacable centralización del Estado liberal del 12 la que propició que de debilitara el Estado con las distintas reivindicaciones de autogobierno por parte de Catalanes y Vascos (a juicio de insignes Juristas, sin ninguna justificación, sólo producto de la literatura nostálgica de unos pocos, entre otros, Sabino Arana), sino justamente, la debilidad del Estado.

Han transcurrido dos siglos pertrechos de pensadores pesimistas en cuanto al futuro de España desde el tratado de Utrech pasando por la Contitución Republicana y recientemente la del 78 , momento en el que se puso de moda entre influyentes políticos e intelectuales un movimiento esquivo del uso de la palabra España al igual que ocurrió con la Constitución de la II República. Su uso denotaba añoranza del régimen Franquista. Quizás deberíamos preguntarnos si los padres de la Constitución cedieron demasiado al chantaje, justificando la cesión de soberanía en un supuesto foralismo decimonónico (sin cabida en nuestros tiempos) pujante que podía traer de nuevo las sombras de la guerra civil.

Lo cierto es que ni en la elaboración de la Constitución de 1931 ni en al del 78 las ideas organizativas que los Constituyentes trasladaron a la Constitución fueron precedidas por estudios sobre su viabilidad, entre otras cosas porque ni ellos mismos podían imaginar como iba a funcionar un Estado sumamente autonomista (Felipe González habla de "voracidad normativa" y aboga por la vuelta a lo común) que habían construido y que a la postre iba a desembocar en lo que tenemos: un Estado profundamente desvertebrado, insolidario y faltón al nuevo orden Europeo armonizador.

A la visión catastrofica de la imposibilidad de la unidad de España , como Penélope, prefiero la optimista y espero a un Ulises que integre y una, que convenza y que no imponga, que aúne voluntades que desemboquen en una ida de una España solidaria, moderna y competitiva, que no se levante en armas sólo por si se fuma o no o si se conduce a 110 o 120 km hora.

El proceso Constitucional del 78 es reversible. Es cuestión de que notemos la importancia de la unión y las desventajas del particularismo en un mundo que cada vez se integra más y huye de esos particularismos nostálgicos, partidistas, oportunistas y egoístas.

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