Su propio afán

Fumando espero

La inmovilidad de Rajoy es contagiosa y todos nos sentamos a ver qué pasa, cuando pase, si pasa

La dificultad del análisis político estriba en que hay que juzgar las acciones sin conocer sus consecuencias. Los historiadores lo tienen más fácil. Saben a qué atenerse. A cambio, no pueden comparar porque, para imaginar otras consecuencias, tienen que aventurarse por la intrincada jungla de los futuribles. Este proemio tiene el propósito de hacerme perdonar el "no sé" de hoy.

Porque realmente no sé si la política de Rajoy en la cuestión catalana será acertada o no. Dependerá de las consecuencias. Ha optado, como era de esperar, por esperar. Dejando, mientras tanto, que el asunto se pudra; y se ha podrido.

Por un lado, estoy en contra de tanta pasividad. Primero, por principio. Después, porque quema la sangre que a un conductor que se salta un ceda el paso le caiga encima todo el peso de la ley y que a unos políticos que saltan por los aires el mismísimo ordenamiento constitucional no les pase nada de nada. El uso alternativo del Derecho lo desestabiliza. Cunde la sensación de que a los nacionalistas (véanse los Pujol, que lo único que ingresan son dineros en los paraísos fiscales, jamás en prisión) se les mide con otra vara.

Pero hay que reconocerle al dontancredismo de Rajoy efectos letales. Sus rivales han entrado, presas de los nervios, en luchas internas: Pedro Sánchez contra Susana Díaz, Errejón contra Iglesias, etc. vs. etc. Y el nacionalismo catalán ha emprendido el mismo camino de senderos que se bifurcan: ERC y los restos de CiU mantienen una lucha soterrada de ambiciones, la CUP apunta contra el nacionalismo burgués y el vértigo de los nacionalistas moderados resulta cada vez más palpable. Si el Gobierno hubiese actuado con firmeza aplicando la ley, todos ésos estarían más compactos que nunca.

Quizá hay un punto intermedio, consistente en huir de las provocaciones más burdas, como se huye, pero hacer las reformas de fondo, que no se hacen. Serían las de las competencias educativas, la imprescindible de la independencia de la Justicia, el apoyo a los que se resisten a rotular en catalán o a los que piden escolarizarse en español y la de remediar tanto abandono del campo cultural e ideológico.

Pero la inmovilidad de Rajoy es contagiosa. A estas alturas, con él al mando, ya no queda más que imitarle y sentarnos a ver qué pasa, cuando pase. Entonces podremos exigir responsabilidades al presidente del Gobierno. Esperemos que no sea demasiado tarde. No sé.

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