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Los fotogénicos

No tengo nada contra las imágenes, salvo que sean mías o que, siendo de otros, no tengan solución de continuidad

El vídeo de presentación del Gobierno autonómico gallego da alipori. ¿Lo han visto? Con marcado estilo tiktoktero, los consejeros miran a la cámara y hacen un gesticillo guay y vagamente relacionado con su área de competencia: el de Sanidad saca músculo, el de economía une el dedo índice y corazón con el pulgar y los frota, como el que cuenta los billetes, la de medio ambiente viste de verde y el de Hacienda –en un gesto freudiano– se lleva el dedito índice al ojo, avisando vigilancia. Nos lo podríamos haber ahorrado, pero es la tiranía de las imágenes, que les impele. A nuestros contemporáneos les encanta fotografiarse.

Yo lo llevo fatal, por razones personales, que saltan a la vista, pero también por razones razonadas. Tanta imagen conlleva que, entre los requisitos para ser un buen político, se prioriza mucho la fotogenia. Me afectó leer a una soprano monísima de la que no recuerdo el nombre afirmar que hoy, a pesar de su envergadura como cantante, la Caballé no hubiese llegado a nada, por eso.

Si tanto peso de la imagen aplasta la música, no digamos la palabra. Hay entre imagen y palabra una tensión que, en los mejores poemas, se salda con un equilibrio superior. Pero la tensión sigue latente: el hecho de que la religión judía fuese anicónica, fomentó su genialidad literaria. Y la figura del poeta ciego –desde Homero a Borges, pasando por Milton– advierte de lo mismo. Ojo, que no quiero parecer iconoclasta. Me entusiasman los iconos y las fotos de mi mujer y de mis hijos.

Sencillamente, dos cosas. En general, preferiría un equilibro entre la palabra y la estética donde la idea mande. Si lo perdemos, acabamos cayendo en vídeos ridículos o escogiendo presidentes tan fotogénicos como poco respetuosos con la palabra (dada) o con todos echando la feria en echarnos fotos que enviamos a los amigos. Yo, ya en particular, soy autoiconoclasta. El otro día di una charla en un auditorio grande y estaba feliz de que me viesen tan chiquitito y me oyesen mejor. De pronto, me di cuenta de que no me miraban, sino para arriba. Ya me había pasado una vez que leí poemas en el Aquarium de San Sebastián, sentado bajo la gran pecera. El público seguía con la cabeza las evoluciones de los besugos a mi espalda. Pero ahora había una gran pantalla que me sacaba un primer plano implacable, como esos espejos con aumento de los hoteles, y el personal no me miraba, me escrutaba. El pez era yo.

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