Calle Real

Enrique / Montiel

Campos, Mósig

EL próximo día 14, Antonio Campos Muñoz recibirá el título de Hijo Predilecto de San Fernando, que es el máximo honor que una ciudad, una comunidad, otorga a uno de sus paisanos. Ha sido pródiga la Isla en hijos ilustres, no sólo médicos y científicos en general, artistas… Hasta un Cardenal, elevado a los altares, nació intramuros de esta Isla amable en donde, además, puede que haya vivido una santa, de prosperar el expediente que el Vaticano estudia en estos días sobre la Hermana Cristina.

Me es muy difícil, de cualquier modo, coger distancia de Antonio Campos, que es mi amigo del instituto, para referir aquí lo que es conocido por todos, su inmensa valía científica y su calidad humana. Más bien recuerdo a su madre, sentada en La Mallorquina, y a su padre, que era tan simpático y extrovertido, mirándome una laringitis y tratándomela con éxito. Conociendo a Antonio, lo veo el próximo día 14 con bastante perplejidad y diciendo a todos que no merece tal honor. Y haciéndolo con completa sinceridad. Es así, un hombre verdaderamente sencillo que de seguro afirma todo cuanto ignora cuando son conocidos sus enormes saberes.

Pero, inevitablemente, este fasto justo que se producirá el día 14 sobre las tablas del Real Teatro de las Cortes, me lleva a otro escenario en donde se encuentra otro de nuestros grandes sabios, de nuestros paisanos más egregios. Me refiero a Juan Ramón Mósig Pérez, catedrático de Electromagnetismo de la Universidad de Lausana, reciente Premio Internacional Sergei Alexander Schelkunnof y considerado como uno de los principales investigadores mundiales en antenas planares.

Juan Ramón Mósig y Antonio Campos quizá sean los isleños, de una nómina importante de grandes personalidades cañaíllas, que han llegado más lejos y más alto. Sus expedientes científicos, académicos, investigadores; sus publicaciones; sus labores docentes, sus biografías, en definitiva, son impresionantes. Han desarrollado su vida profesional en distintas universidades, caso de Antonio Campos, o siempre fuera de España, en el de Juan Ramón Mósig, pero jamás dejaron de sentirse vinculados a sus familias isleñas, a sus amigos de La Isla, a su memoria de esta ciudad de su infancia y juventud. Compartí en el Liceo varios años de aula y pupitre con Juan Ramón Mósig. Ya entonces destacaba por su inteligencia y bondad. Jugábamos a los bolis ante la mirada divertida de su hermana Elo. Inolvidable la simpatía de su madre, de una familia cien por cien cañaílla. Dicen que de una boda surge otra boda. Sería magnífico que de esta tan merecida predilección de Antonio Campos surgiera la de Juan Ramón Mósig Pérez, una personalidad científica mundial, un isleño extraordinario. Pongamos en el sitio merecido a quienes lo merecen.

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