Puente de Ureña
Rafael Duarte
Los toros y el Siglo de Oro
“volvercon la frente marchita…” El niño Manolito oía cantar Volver a su tía Paqui, tan guapa, “pareces Carmen Sevilla”, le decían las amigas del bordado o del corte o las monjas de San Martín, frente a la maravillosa fachada rosa de la Casa del Almirante… Qué pena de palacio. Y los beodos de los güichis y baches de la calle Sagasta o de la Plaza de las Canastas, “Casa Bayo”, vinos finos. La preciosa canción de Carlos Gardel llenó como tantas otras el oído musical del niño que más tarde, ya adolescente, se inclinaría más por Beethoven y Frédéric….
Volver con la frente marchita y amarilla a Carranza semana tras semanas, derrota tras derrota… O desde el Carlos Belmonte o desde la fría Huesca por la que tantas veces hube de pasar camino de mon lycée. Y volver y volver a ver a esa mole llamada Dawa galopar sin ton ni son, plantarse solo ante un hombrecillo que no puede alargar los brazos a fin de tapar los siete metros y pico de la anchura de la portería, ni los dos y algo de altura, un protagonista que apenas puede hacer nada cuando el africano llega franco al área y cree, iluso, que es Rafiña Lamoto e intenta elevarla con supuesto arte sobre la cabeza del despavorido guardapalos que sabe que es para nada esa salida a ciegas… Y el remate triunfal: hacer tropezar el balón en las incrédulas manos del del quiosco. El porterete ni se lo cree. El defensa más cercano cuando inicia la carrera nuestro (¿nuestro?) nueve, el preferido de Gg., estaba más o menos a 30 metros de Camara o Cámara o Camará, que qué se yo cómo se llama el Puskitas de turno, “una calamidad en forma humana”, como me decía el chivo de mi horrendo maestro de los ocho años, mientras me levantaba del suelo asiéndome por una oreja. “Qué penita y qué doló, a la lima y al limón”. La Piquer, ¿verdad?
Señalo esta tremenda insuficiencia de Dawda como podría señalar los pésimos centros de los de las bandas o mi obsesión personal (exceptúo a Onti, de buen pie, a la vez que quiero señalarle que le dé coba a la báscula) lo que otros días he dicho-escrito en estas páginas: ¿Cuándo en el Cadíz CF alguien va a pasar un balón al pie de alguien? Digo en el caso de que no haya más de diez metros de distancia entre el lanzador y el recoge bola de turno y ningún enemigo en dicha distancia o zona. Porque si hay algún contrario cerca, la bola va a dormirse a los pies del tal. Y, siguiendo con el folk, renovarse o morir. Sucumbir significa recalar en el tenebroso erebo de la Tercera División. Solo el Greñúo de mi barrio, cantado por Fernando Quiñones en Las crónicas del 40, nos puede salvar, porque la directiva Nari Mistral. Fin folclórico.
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