El parqué
Sin grandes sobresaltos
Todo va muy rápido. Hace sólo un año que estamos en la era Trump 2.0, y el escenario geopolítico hierve. El dictador Nicolás Maduro ya no está en el poder, sino en una cárcel de Nueva York esperando juicio; el presidente colombiano Gustavo Petro visitó la Casa Blanca pactando un espacio de respeto para no seguir el mismo camino; el líder cubano Miguel Díaz-Canel pide negociar porque la isla se queda sin combustible y su régimen ya no da para más; en Costa Rica ganó por mayoría absoluta la populista Laura Fernández, inspirada en la mano dura del salvadoreño Bukele. Previsiblemente, Fernández se alineará con Trump, como hicieron Javier Milei desde Argentina, Viktor Orban desde Hungría y coquetea con dar ese paso Giorgia Meloni en Italia. La onda Trump se extiende.
Pero en Europa, donde la burocracia y la necesidad de pactar decisiones de calado entre 27 países lo frenaba todo, se ha acelerado el paso: superando años de estancamiento, se firmó por fin el acuerdo con la India, también con el Mercosur y antes con Indonesia. “Las potencias medias pueden definir un nuevo orden internacional”, sugirió en Davos el primer ministro canadiense, Mark Carney.
Es una forma de plantarle cara a la despótica política que reclama sumisión sin condiciones. Quienes lo hacen toman riesgos, como los ocho países europeos –Alemania, el Reino Unido y Polonia entre ellos– que enviaron soldados a Groenlandia para decirle a Trump que la ocupación de la isla ártica no sería gratuita, recibiendo amenazas de aranceles desproporcionados como castigo. O Pedro Sánchez, todavía presidente de España pese a sus retrocesos electorales autonómicos y las adversidades climáticas y ferroviarias, que no le aceptó a Trump su orden de incrementar hasta el 5% del PIB su gasto en Defensa y se plantó en el 2. El almirante italiano Cavo Dragone, presidente del Comité Militar de la OTAN, le ha dado la razón declarando que España alcanzará los requerimientos de la Alianza con esa inversión.
La palabra guerra se maneja con demasiada ligereza. En Washington ya cambiaron el nombre del Pentágono y colgaron el letrero de Ministerio de la Guerra. Aviso a navegantes. Una potente flota americana ocupó el Caribe como antesala de la operación contra Maduro y otra viaja hacia el Océano Índico por si debe intervenir en Irán, donde prosigue el martirio de los jóvenes que rechazan el régimen.
Entretanto, estalló la guerra digital trasatlántica entre los multimillonarios de las plataformas de internet y políticos que no aceptan la supremacía tecnológica que conlleva injerencia política. La prohibición de uso de las redes sociales a menores de 16 años fue adoptada por Australia, luego por Francia y ahora por España. Los tuits de Elon Musk contra Sánchez llamándole “sucio, tirano y traidor a su pueblo” resultan insólitos e inadmisibles. Musk dice que “Sánchez arruina a España” cuando los indicadores económicos lo desmienten. A la cruzada se sumó el presidente de Telegram, Pavel Durov, y le acusa de atentar contra la libertad. Sánchez parafraseó al Quijote en su respuesta: “Deja que los tecnoligarcas ladren, Sancho, es señal de que cabalgamos”.
En paralelo, Bruselas exige a TikTok cambios para no sea adictivo a los menores; antes, la UE sancionó a Google con 4.343 millones de euros por romper las normas de la Competencia. Europa planta cara, por fin, al menos en el frente digital.
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