Hace dos décadas, existía una costumbre generalizada en España: comprar el periódico en el quiosco. También había quien lo leía en la cafetería o en su lugar de trabajo. Incluso, en su versión más fiel, existían los llamados suscriptores, que recibían su periódico favorito en su propio hogar. Estas fórmulas siguen estando operativas. Sin embargo, la digitalización de la información y el surgimiento de las ediciones online fue cambiando la forma en la que consumíamos noticias.

Desde entonces, nos hemos acostumbrado a la barra libre de información. Sin pagar ni un solo euro. Como quien va a una tienda de ropa y se lleva, sin pasar por caja, lo que se quiere poner esa noche. Así, la noticia como tal empieza a perder valor; al transformarse en un bien masivo y accesible, dejamos de estar dispuestos a pagar por ella.

Las redacciones de los medios resistieron como pudieron esta transformación del modelo de negocio. A veces, con importantes recortes de plantilla y teniendo que asumir muchísima más carga de trabajo. El periodismo actual no solo tiene que rellenar las páginas impresas de un periódico en papel, sino que debe mantener actualizada su versión online e incluso informar en tiempo real a través de sus perfiles en redes sociales.

Esta nueva realidad fue creando el caldo de cultivo perfecto para lo que es una lacra actual de la sociedad: las noticias falsas. Cualquier web se erigía como medio de comunicación, con una veracidad muy en entredicho, ya que los beneficios de estos medios eran irrisorios y no había margen para contar con profesionales del periodismo.

Que los medios de comunicación no sean solventes, e independientes económicamente, es un problema grave para la sociedad. Porque si no, en ese momento, entrarán con intenciones de persuasión los grupos de poder. Un medio no debe depender financieramente ni de un gobierno, ni de una empresa ni de cualquier otra entidad que lo subvencione.

Esta situación, de precariedad para los periodistas y de cierta indefensión para la ciudadanía, empieza a vislumbrar una solución. Y no es otra que volver al modelo original: los lectores pagan por una información de calidad. Es lo que están haciendo ya los principales medios de comunicación nacionales con los muros de pago en sus ediciones digitales. Con unos precios de suscripción ridículos en comparación con lo que costaba comprar el periódico todos los días. Además, por menos dinero, tendremos acceso a los múltiples contenidos que se publican durante el día.

No tengo ninguna duda de que esto es un avance para el lector. Los medios solo deben responder ante sus lectores. Si estos asumen una mínima parte de su financiación, los medios serán más libres y podrán dedicar más recursos a la calidad y excelencia de los textos por los que pagamos. No todo el que dice hacer periodismo lo hace con veracidad y rigor. Los medios, y sus profesionales, que opten por estos valores deben ser respaldados con un pequeño gesto económico. Si no, una democracia sin medios independientes de los poderes, será mucha menos democracia. Si preferimos unos medios al dictado del poder, sigamos llevándonos las noticias sin pagar por ellas.

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