En una situación normal, muchos portuenses en Madrid, o madrileños con amigos en El Puerto, estarían hoy preparando la maleta para mañana pisar, rebujito en mano, el recinto de las Banderas. Este es uno de esos fines de semana que el ALVIA coge un tono festivo y alegre. Sobre todo, la cafetería, hasta los topes, como La Cayetana antes de un concierto de Osorno.

A los madrileños les encanta nuestra feria. En realidad, les emociona cualquier feria. Es más, diría que les apasiona cualquier evento o tradición que tiene lugar en nuestra tierra. Realmente, no existe el madrileño que no le guste la feria, simplemente es que aún no la conoce. ¿Cuántos se defienden con bailando sevillanas, pero son incapaces de reconocer un chotis? Pues ya está todo dicho.

Los portuenses vemos la feria como un fenómeno normal, inherente a nuestra forma de ser. Algo obvio cada año. Pero ha venido una pandemia para recordarnos su valor y que la echemos tanto de menos. Quizás sea porque muchos portuenses viven, desde pequeños, la feria desde dentro. Recuerdo de mi infancia los montajes de la caseta de Helo-Libo de la Hermandad del Huerto. Cuando se instalaba desde el primer al último herraje. Aquellos domingos abriendo cientos de farolillos. Una caseta que tenía que estar lista mucho antes que el resto ya que, el lunes antes del alumbrado, acoge el primer brindis, el Pregón de la Feria.

Para los foráneos también es un hito en el calendario. Esa combinación de disfrute, convivencia y diversión, comiendo y bebiendo tan bien (y a tan buen precio en comparación con Madrid). Cogen días de vacaciones, aplazan cualquier otro plan. Es una prioridad para los primerizos, y una obligación para los ya veteranos que no entienden la primavera sin bajar a la feria.

Este año, en más de una terraza madrileña, se veían mesas con detalles feriantes. “Me voy a pedir un Fino que ahora mismo iríamos camino de la feria”. Ese síndrome de abstinencia que tenemos los andaluces, pero también los que la sangre se les tiñe verde y blanca cuando cruzan Despeñaperros.

Como dice una portuense de adopción, que esta semana ha homenajeado mediáticamente al pollo frito de Helo-Libo, nos desquitaremos. Los portuenses, los madrileños y todo aquel que quiera dejarse embriagar por el embrujo del albero portuense. Nos desquitaremos. Con portada del Toro (ojalá siempre el Toro en nuestra feria) o sin ella. Pero siempre con el Fino de nuestra tierra. Sin él, nuestra feria no tendría sentido. Y, por supuesto, sin todos los que, sin ser de El Puerto, nos visitan y nos quieren. Con ellos, ojalá pronto, también nos desquitaremos.

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