El Alambique
Rafael Morro
Feliz Día de la Radio
Recuerdo mis primeros pasos en la radio. De niño veía a mi padre escribir guiones en el salón de casa para su programa en la ya desaparecida Radio Minuto situada en la calle Misericordia, frente "al Betis". Una minicadena doméstica y una colección de discos de música clásica, bastaban para diseñar sintonías. Allí aprendí que para hacer radio solo hacía falta tener ganas. De aquella emisora aún resuenan nombres en mi memoria —Paco Bujalance, Isabel Flores, Manolo Borne, Francis Gallardo— y, sobre todo, ese olor inolvidable a radio. Mi padre había trabajado en la radio de joven, en tiempos en los que la radio se hacía a pie de calle, recogiendo guiones y estirando horas. Crecí entre retransmisiones de Semana Santa, cables que había que recoger al acabar y silencios que también decían cosas. Allí se me despertó el gusanillo del periodismo. Era fascinante comprobar cuánto se podía contar con tan poco.
Con el tiempo y gracias a mi padre, llegue a la Televisión local, creí que era un medio superior: más moderno, más completo. En las redacciones se miraba a la radio con condescendencia y yo también caí en ese error. Hasta que la vida me devolvió a ella. Pasar de la tele a la radio parecía un paso atrás; fue justo lo contrario. La radio me dio más de lo que me quitó: un verdadero espaldarazo profesional. Un minuto en antena exige verdad y precisión; hay palabras que no valen mil imágenes, sino más.
Por eso hoy toca celebrarla y defenderla. No es una reliquia ni un aparato retro: es un taller de voces con más futuro que nunca —podcasts, radio a la carta, nuevas plataformas—, pero que sigue necesitando oficio y honestidad. La tecnología ayuda; la voz humana decide. La radio pide oyentes activos y profesionales curiosos, porque enseña a escuchar el mundo sin distraerse con el brillo y mantiene intacta esa adrenalina que se siente cada vez que se enciende el micrófono.
Llevar radio y tele es como criar a dos hijos: los quiero a los dos, pero a uno le dedico más tiempo al oído. La televisión exige vestuario, escenario y foco; la radio te susurra, te obliga a escuchar y pide palabra afinada, compañía y fidelidad. Fue mi padre quien me enseñó a oír la radio en el salón; la televisión me la dieron la escuela y la práctica profesional. Si hoy me obligaran a elegir, no dudaría: me quedo con la radio —no porque quiera menos a la tele, sino porque se me mete en la piel y me devuelve la voz; es, además, un antídoto frente al caos de las redes. Gracias, papá, por llevarme a la emisora; gracias, radio, por demostrar que la palabra honesta ilumina. Larga vida a la radio.
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