Hinchas radicales, con las caras tapadas, provocan incidentes antes de un partido. Hinchas radicales, con las caras tapadas, provocan incidentes antes de un partido.

Hinchas radicales, con las caras tapadas, provocan incidentes antes de un partido.

Hoy es día de partido. No uno cualquiera. Hoy es el derbi. Jugamos contra el otro equipo de la ciudad. ¿Qué ciudad? ¿Qué equipo?... es indiferente, siempre hay un rival al que medirse, uno distinto al resto, aquel que nos encumbrará en lo más alto o nos hundirá en función del resultado, no hay término medio. No sólo ocurre en el fútbol, la competición y la rivalidad son propias de la vida.

Pero cuando llega el derbi… todo es diferente. Ocurre a menudo que durante mucho tiempo estás esperando un acontecimiento de gran relevancia y cuando finalmente este llega te queda una sensación extraña de vacío. Es como cuando entrenas corriendo varios meses para una maratón y al llegar a la meta de pronto te paras y dejas de correr. ¿Y ahora qué?

El derbi que marcó mi vida lo viví hace años. Con las camisetas de nuestro equipo y bandera en mano nos dispusimos a salir rumbo al estadio. -Hoy ganamos seguro-, pienso, y llenos de ilusión nos encaminamos al campo. En las inmediaciones del estadio surgen algunos problemas. Mi abuelo me dice entonces que tomemos por otra dirección. Nos adentramos en una calle estrecha aledaña al campo y al llegar al centro de la misma surge en dirección opuesta un grupo de hinchas jóvenes del equipo rival. Mi abuelo se detiene y me agarra fuerte de la mano. Ya no es posible darnos la vuelta porque estamos a la misma distancia de la salida por uno y otro extremo. Los hinchas, provistos de una simbología que nada tiene que ver con el fútbol, se acercan mientras profieren cánticos y realizan gestos muy estridentes. Cuando están apenas a diez metros de nosotros, uno lanza un grito incomprensible que no suena amistoso. Ya nos han identificado como aficionados del otro equipo de la ciudad. Varios de ellos echan a correr hacia mi abuelo y hacia mí, que permanecemos inmóviles, y nos rodean. Siento el miedo de mi abuelo en la fuerza creciente con la que me aprieta la mano. Nos provocan y nos insultan con el rostro desencajado por el odio. Mi abuelo me protege con sus brazos. Uno de ellos le escupe a la cara, otro lo agarra por el cuello y entre varios lo tiran al suelo. Yo empiezo a llorar mientras presencio la escena con mi abuelo desde el suelo tratando de no separarse de mí. Nos quitan las banderas, rompen nuestras camisetas y antes de irse uno de ellos, con el palo de nuestra bandera, golpea en la cabeza a mi abuelo.

Nos quitan las banderas, rompen nuestras camisetas y antes de irse uno de ellos, con el palo de nuestra bandera, golpea en la cabeza a mi abuelo

Fue la última vez que mi abuelo me llevó al fútbol. Creo que fue también la última vez que habló de fútbol en su vida. El miedo que experimenté aquel día al ver a mi abuelo derrotado por la cobardía de unos descerebrados –que no aficionados– amparados en la masa fue tal que jamás volví a pisar un campo de fútbol. Afortunadamente, ese episodio no tuvo consecuencias mayores para mi abuelo, pero yo sentí que aquel día le cortaron la ilusión por su equipo de toda una vida.

Hoy regreso décadas después al estadio para ver a mi equipo. Nunca ha dejado de ser mi equipo y hoy siento que tengo que vencer ese miedo. El fútbol no tiene nada que ver con la violencia, lo sé, pero en todos estos años no he podido dejar de asociarlo a aquella imagen de mi abuelo sin sentir rabia e impotencia. Hoy mi abuelo ya no está conmigo, pero yo lo busco en cada momento de mi camino hacia el estadio. Vuelvo a pasar por la misma calle y cuando llego al punto donde mi abuelo se arrodilló… me echo a temblar. -Voy a superarlo- me digo y continúo con un flaquear de piernas hacia la puerta del estadio. Aquel derbi con mi abuelo no pude presenciarlo, pasé la noche junto a él en el hospital hasta que le dieron el alta. Pero hoy siento que estoy aquí por él, se lo debo.

Empieza el partido. Marca mi equipo. Nos empatan. Las aficiones cantan y la armonía reina durante todo el encuentro en la grada. Termina el choque y todos se marchan contentos. Empate. Me voy del campo no sin antes volver a pasar por la calle donde sucedió todo. Dejo con cuidado una rosa sobre el mismo suelo donde mi abuelo se rindió a los violentos. Con firmeza, pero esbozando una sonrisa, digo en voz alta: “Hasta el año que viene, abuelo, este derbi lo hemos ganado”.

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