Niños hacen una piña en un campo de fútbol. Niños hacen una piña en un campo de fútbol.

Niños hacen una piña en un campo de fútbol.

Cuando a un enfermo sin cura como era mi caso, inyectado por la locura del fútbol, apasionado de mi afección, me hablaron por primera vez del número 21, me vinieron muchas ideas a la cabeza: el dorsal de Zidane en la Juventus, el de Luis Enrique en el Barça o también el gran palmarés de la Selección Sub-21 a nivel europeo. Sin embargo, aquel 21 me cogió desprevenido…

El médico hizo un aparte con mi mujer y conmigo y nos explicó con paciencia que el cromosoma 21 es "pequeño pero matón", así lo dijo. Y es que siendo uno de los cromosomas más pequeños que existe en el cuerpo de una persona es uno de los que ostenta mayor influencia sobre el genoma humano. Es tan caprichoso que cuando, en vez de dos, tenemos tres (trisonomía del par 21) nuestro aspecto mental y físico es distinto al que hasta ahora yo había entendido como normal.

Cuando finalmente nos habló de Síndrome de Down, yo sabía que aquel momento iba a cambiar nuestra relación, nuestra mentalidad y nuestras vidas. Llevar dentro un niño con Síndrome de Down fue, tras el shock inicial que supuso, una experiencia insólita para nosotros que resultó ser la más maravillosa de nuestra existencia.

Fueron meses de muchísima ilusión por verle pronto y por primera vez la cara a nuestro hijo. Los médicos nos pusieron en varias ocasiones de ejemplo a otros padres que atravesaban por la misma experiencia. A los doctores le gustó la forma cómo mi mujer y yo habíamos afrontado el embarazo. Pero, en realidad, nosotros lo único que hicimos, antes y después de convertirnos en expertos en cromosomas, fue amarlo desde el primer momento.

El nacimiento de Germán fue el instante más emocionante de toda mi vida. Cuando al fin lo tuve entre mis brazos, aquel niño me pareció el ser más guapo e increíble que nunca había visto, a pesar de que no paraba de llorar y ya auguraba infinitas noches en vela.

Germán crecía más rápido de lo que nos hubiese gustado y dejó de ser un bebé para ser un niño encantador, lleno de sentimientos bonitos, inquietudes a las que constantemente intentaba poner respuesta y una alegría desbordante. Pero, sobre todo, Germán era un niño enormemente inteligente. Esto último lo dije una vez en una charla con otros padres y varios de ellos me miraron con una expresión que yo interpreté como una mezcla de sorpresa y compasión. Sin embargo, yo hablaba muy en serio.

El día que Germán me dijo que quería jugar al fútbol lo recuerdo ahora con un sinsabor agridulce. Feliz porque no tenía dudas de que iba a disfrutar jugando, pero con temor por saber si eso era lo mejor para él. ¿Qué padre no hubiese inscrito a Germán en un equipo? Yo, desde luego, lo hice. Mi primer encuentro con el presidente del club no fue todo lo razonable que debió ser. Él se sorprendió con estrépito sobre lo que le estaba proponiendo. Sí, le respondí, quiere jugar al fútbol. Sí, le dije, no sabe jugar. Y sí, le volví a responder, tiene Síndrome de Down. El presidente se rascó la cabeza. Como lo vi dubitativo, quise aclararle algo las ideas. "Su comida preferida son las salchichas y le encanta bailar en su cuarto", le dije. "¿Y eso qué tiene que ver?", me respondió. "Bueno, como veo que ha mostrado interés en saber cómo es mi hijo, pues le cuento más cosas sobre él… ¿o esas no le interesan?".

Germán se hizo en poco tiempo imprescindible en su equipo. Apenas era capaz de coordinarse bien para golpear con acierto, pero era sin duda el corazón y el alma de aquel grupo de chicos y chicas alevines. A los partidos asistía cada vez más gente y cuando Germán saltaba al campo se formaba un clamor de vítores en la grada. Su sonrisa resplandecía más que nunca y nosotros animábamos cada acción, sin importarnos si le daba o no a la pelota. En doce partidos Germán había jugado casi todos ellos, jamás había marcado un gol, nunca había dado un buen pase, pero sus progresos eran evidentes y, sobre todo, contagiaba su felicidad al resto de compañeros.

A los partidos asistía cada vez más gente y cuando Germán saltaba al campo se formaba un clamor de vítores en la grada

El peor momento de su corta carrera como futbolista llegó. Germán saltó para intentar cabecear un balón y tras fallar se golpeó en la cabeza con el suelo. Yo de dos saltos me planté en el campo y fui el primero en llegar hasta él. Había perdido el conocimiento, pero estaba bien… respiraba con normalidad. Lo puse en posición de seguridad y a los pocos minutos recuperó la consciencia. La ambulancia lo trasladó al hospital y le dieron el alta aquel mismo día. Sólo fue un susto.

Al martes siguiente, llevé a Germán con normalidad al entrenamiento, pero en la entrada el entrenador me estaba esperando. El presidente quería verme. "¿Cómo que Germán debe dejar el equipo?", dije. "Sí, los otros niños y padres están asustados". "¿Y mi hijo tiene la culpa?". "No, pero es un niño muy especial y el club no puede asumir el riesgo a que le pase algo jugando al fútbol". Aquello de muy especial me dolió como si me atravesaran con un sable de punta afilada por mitad del estómago. No quise discutir con aquel hombre. En realidad, no quería que Germán estuviese en un lugar donde lo consideraran muy especial.

No sabía cómo decirle a Germán que no iríamos más a jugar y que quizás tendría que dejar el fútbol. Era una gran injusticia, el fútbol había sido su gran ilusión al levantarse cada mañana. Pasados unos días recibí una llamada. Era de otro club. Se ofrecían a que Germán jugara con ellos. "¿Cómo se ha enterado?", le dije. "Germán es conocido de todos, queremos que esté con nosotros y que nos contagie su alegría de jugar. Con nosotros Germán seguirá sonriendo". Aquellas palabras finales me cautivaron y me convencieron. "Por supuesto que sí", le contesté. Colgué. Apenas pasaron diez minutos y el teléfono volvió a sonar. Era el presidente de otro club. Diez equipos me llamaron en los siguientes tres días y todos querían que Germán jugara con ellos. ¿Hay alguna forma mejor de demostrar a un padre el cariño hacia su hijo? Sí, la hay….

En el partido de su debut, todos sus nuevos compañeros saltaron al campo con una camiseta del equipo con el mismo nombre, "Germán". Pero cuando no pude evitar emocionarme fue cuando se dieron la vuelta. En la espalda, todos lucían el mismo dorsal, el 21.

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