El Alambique
J. García de Romeu
Mi amigo Miguel
No creo que ningún gaditano sepa exactamente el significado absoluto de este neologismo acuñado en los últimos años en nuestra Tacita de Oro. Sé con certeza que cuando un gaditano dice “qué bastinaso”, en ese contexto de habla él sabe cabalmente cuál el referente de dicha expresión en ese mismo instante. Mi jardinero utilizó el otro día dicho sintagma nominal para exteriorizar el asombro que le causó el tamaño del órgano viril de un compañero de mili, mientras extendía el brazo derecho y dejaba descansar el siniestro a mitad de dicho antebrazo. “Vaya bastinaso que tenía el nota”, aumentando con tal mímica el asombro. Asimismo, dijo uno de la calle Público (no soy yo) cuando en un pueblo de Lérida fue a comprar peras de agua y no pudo, pues el frutero y él no se entendieron: “Qué bastinaso, oé, no poder estar ahora comiendo esas peras, con el buen aspecto que tenían. Qué bastinaso más grande”. Olvidó llevarse el pinganillo del Congreso de los Diputados en el bolsillo. Cuando digo últimos años quiero indicar en aquellos que transcurren desde mi infancia hasta hace no tanto, pues jamás escuché en los años cincuenta a nadie decir “qué bastinaso”, quizá ni en los sesenta-setenta, aunque esta afirmación debe ser puesta en cuarentena por si se trata de una imprecisión. El gaditano es un tipo creador, intuitivo, inteligente, especialmente en el aspecto lingüístico, en consecuencia, no es de extrañar que la creación del citado neologismo haya salido de ese acervo cultural riquísimo que son temporalmente el Carnaval, y, espacialmente, la Plaza de Abastos, en especial la pescadería, y, en concreto, el habla de los pescaderos o pescaeros. Cuando empecé a conocer a este gremio me quedé alelado al comprobar cuánto patrimonio léxico podría aprenderse de estos trabajadores que nos brindan a diario la flor de la mar. Por ejemplo, Fernando Quiñones, que iba ver poner los puestos al alba, muy tempranito, señalaba que usaba “magallana” para referirse al pene, lo que me aclaró al decirme que lo había aprendido en la Plaza y también tomando un cafelito con leche con Hortensia Romero en un velador de la Alhambra. Y con el pianista Campuzano, amante también de tomar el cafelito en ese bareto esquinado. Enfrente un mono bailando en un escaparate. El mono de Crespo. ¿Se acuerdan? Otro peaso personaje de Cai.
Pues yo dije y digo y exclamé “qué bastinaso”, al salir del Carranza tras ver ese muermo que durante hora y media crearon el Rayo (sin chidpa) y el Glorioso (sin gloria). Qué partido, Señor. Nada de nada. Los porteros de excursión en la recién quemada Las Canteras. Un tiro del peligroso Isi y otro de Machís. Y poco más. Y seguimos los novenos. Como nadie gana por abajo… Pero si se mira la tabla vemos el mal endémico del Glorioso: que no mete goles, que somos los que menos goles hemos metido de toda la primera división, seis. Nos salva que la defensa es de perlas, que, a bote pronto, creo que sólo los dos equipos de Madrid son menos vulnerables atrás que nosotros. Y me viene a la cabeza Lucas Boyé, a quien recomendé desde estas páginas a los que mandan. Pero no me hicieron caso. “Qué bastinaso”.
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