Análisis

Antonio Morillo Crespo

¡Sursum corda!

Es costumbre ahora usar palabras en inglés como expresiones más categóricas o explicativas. Yo voy a usar una en latín, nuestra lengua madre, "sursum corda" que significa ¡arriba los corazones! Y es que hemos pasado un invierno de órdago. Ni que estuviéramos en Finlandia o en Noruega con solo media hora de sol al día. No sólo la naturaleza ha sido dura y fría, sino, y principalmente, el ruedo nacional. Cataluña y Cataluña todos los días hasta en la sopa, los golpistas erre con erre a todas horas y echándonos a los demás las culpas: Estado totalitario que persigue a los demócratas y que le estamos robando hasta la libertad… Y todo esto amenizado día tras día con las muertes de niños, de mujeres, de hombres por hienas, por monstruos sin conciencia, a los que los demócratas de casa no quieren imponerles las penas máximas. Y huelgas y manifestaciones por las pensiones, por los sueldos, por todo. Y a ello se une un sentimiento y creencia generalizada, absurdo, de que los políticos son una guarida de especuladores egoístas que solo piensan en ellos mismos. Como si necesariamente habríamos de entregarnos a opciones tremendistas y utópicas.

Desde mi rincón del Diario, yo quisiera gritar y gritar. "¡Ya está bien! ¡Acabemos con el pesimismo, con la angustia, con la noche!" Desde el concejal hasta el diputado, desde el funcionario hasta el ministro, desde el profesional, desde el obrero, desde el comerciante, desde el empresario, desde el púlpito, desde la tertulia, desde la barra del bar… gritemos y esforcémonos todos para levantar el ánimo y el país. Nos pasamos el día criticando a todo quisque, sin pensar que los más mantas de todos somos nosotros mismos, que no damos ni golpe y cuando lo damos nos duelen hasta los riñones. Y después admiramos al alemán que trabaja y trabaja admirándole por su competencia, seriedad y pujanza.

P/D. No hace falta inyectarnos en las venas estimulina, ni siquiera cantar por las mañanas cuando nos afeitamos o duchamos, sólo pensar y razonar que un país es la suma de todos los ciudadanos y que su auge, su avance, no depende sólo de los dirigentes sino de todos y de cada uno de los ciudadanos. Que depende el primero de todos, de mí.

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