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Hay quien no cree que el Mossad no viera venir el atentado terrorista de Hamas del pasado 7 de octubre. Lo que sí es cierto es que Netanyahu le está sacando a aquel horror todo el partido posible. Israel es un minipaís constituido contra derecho en medio de un océano árabe. Los israelíes se multiplican con afán, pero los árabes, que son muchos más, se multiplican más todavía. Cada quince años Israel acomete una guerra de exterminio de infancia palestina para clarear la población y garantizar, con todos los niños muertos y no reproducidos, otros quince años de subsistencia a una nación estrangulada en el territorio que ocupa contra derecho. Un genocidio programado que para mayor escarnio Netanyahu defiende acudiendo a la retórica del holocausto judío y acusando a los terroristas de Hamás de ser Hitler, y a cualquier voz que defienda a las víctimas palestinas inocentes de ser antisemitas. Esta retórica le está funcionando sobre todo en Alemania, que sigue instalada en la culpa y, más aún, en el miedo a la inmigración yihadista. Esto último es extensible a todo el occidente próspero. Escucho decir que no es casual quiénes fueron las víctimas de Hamas: niños, viejos y pacifistas de kibutz y los jóvenes del festival por la Paz en el desierto del Neguev. Está muy claro que a los sionistas lo que más les estorba es el crecimiento del pacifismo judío, que existe. Con este atentado y su intoxicación propagandística el estado israelí ha conseguido que la juventud judía pacifista que vive en la zona de conflicto se polarice a favor del sionismo radical en lo que constituye un mecanismo de autodefensa sabiamente manipulado por el estado de Israel. Pero el pacifismo sigue existiendo entre la juventud judía de la diáspora, que es amplia, culta y activa. Asistimos ahora al veto de los Estados Unidos al alto el fuego que propone la ONU (el capital, judío y no judío, paga a Biden, paga a Trump, paga a Netanyahu, paga la OTAN, paga la destrucción y la reconstrucción de los países). Ya es hora de que la ONU revise esos derechos de veto que convierten a la institución en rehén de las grandes potencias. No son daños colaterales: los niños palestinos y los pacifistas judíos son el objetivo.
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