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Mi primer recuerdo de Kobe Bryant fue una foto de una edición dominical de El País en la que se informaba de que Los Angeles Lakers habían intercambiado al pívot Vlade Divac por un joven de dieciocho años que accedía a la NBA sin pasar por la Universidad. Kobe, nacido en 1978, tenía un año menos que yo. En aquella época no había Canal+ en mi casa así que debía enterarme de los resultados de la NBA entrando a escondidas en el Mac de mi padre para conectarme a internet, aquel internet que procedía de un ruidoso y lento módem. Lo hacía al levantarme, antes de estudiar cosas inútiles en la facultad de Derecho. En aquel ordenador y en la DSF -un canal alemán de la televisión satélite que ponía resúmenes de baloncesto- fui viendo la evolución del joven Bryant, estrella emergente de mis Lakers; el mismo Kobe que murió hace unos días, a los 41 años, convertido en leyenda.
Yo no voy a hablar de sus logros y sus méritos deportivos -que podría- sino de su recuerdo. Dos semanas antes había adquirido y leído en el Kindle su nuevo libro, titulado Mentalidad mamba. Para los que no lo sepan, tras cambiar su número 8 por el 24 (casualmente un dígito más que el 23 de su ídolo, Michael Jordan), Kobe Bryant adoptó el sobrenombre de la Mamba Negra (Black Mamba) al identificar a dicho reptil como el más peligroso de su especie. Era una metáfora válida para el marketing: si incordiabas a Bryant te mordería y acabaría contigo. Sin embargo, tras su retirada en 2016, en un último partido en el que con 37 años llevó a los Lakers a la victoria anotando 60 puntos, el cansado Kobe, lastrado por graves lesiones, estrella rota de un equipo sin rumbo, pareció recuperar la armonía.
Bryant produjo Dear Basketball, un cortometraje animado en el que declaraba su amor por el baloncesto y con el que ganó un Oscar de Hollywood y un Emmy. Se le veía sumamente feliz en su faceta de hombre de familia, entrenando al equipo de su hija Gigi, que solía acompañarlo a los partidos de la NBA. Parecía relajado en su retiro, con la mente siempre en ebullición.
En Mentalidad mamba Kobe explica su ética de trabajo (una ética obsesiva y enfermiza que lo hizo ser el mejor) y reflexiona sobre su carrera y su propia vida. Así, dice: "El juego, en suma, me enseñó el arte de contar historias". Este gran narrador que fue Kobe Bryant, el mismo que dijo que la lección que más apreciaba era la importancia de amar lo que se hace, ha dejado huérfana a toda una generación de aficionados al baloncesto, de gente que lo amaba y odiaba, que lo respetaba profundamente. Con él, murió una parte de todos. Mi hijo Rodrigo, cuando vio la noticia del accidente de helicóptero en la televisión, me dijo, comprendiendo por vez primera lo vacua que es la vida: "Papá, se ha muerto Kobe, ha muerto mi ídolo". Y yo aguanté sus lágrimas con las mías propias.
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