Análisis

Enrique Bartolomé

Javierín

Menudo mazazo. De manera certera, a contrapié, como un aldabonazo, me llego la noticia del fallecimiento de Javier Lozano Cid, Javierín, para los que tuvimos la enorme suerte de conocerlo y tratarlo desde que nació, en ese entrañable barrio de las casitas de los profesores del Instituto Laboral, junto a la Puntilla y las Dunas de San Antón.

Justo el sábado pasado a primera hora de la mañana, al otro lado del teléfono mi madre: "Enriquito se ha muerto Javi…". Desde entonces hasta que atino a escribir esta columna, horas que en mi vida intuí. Imágenes y recuerdos inolvidables y la indescriptible tristeza de haber perdido a un buen amigo, a una buena persona, a uno de mis hermanos. Porque Javier Lozano era para mí mucho más de lo que torpemente garabatee en estas líneas, marcadas por la emoción.

Cuando acudí a casa de sus padres, Ventura y Teo -desconsolados, e incrédulos-, veíamos a Javierín por todos lados. Pese a lo incomprensible y a la situación, recordamos juntos aquellas vivencias en el barrio. Llegamos a sonreír cuando aparecieron en el horizonte el abuelo Claro y la abuela Escolástica. Y es que (aunque al hijo y al amigo no volveremos a tenerlo a nuestro lado), su alma y su huella nos acompañarán siempre. Yo se que existo, porque tú me imaginas, decía el poeta Ángel González.

María la del guarda, los troncos, la playa de La Puntilla, la búsquedas del tesoro, el pañuelito, los bocadillos de chocolate, los circos, la subida a los eucaliptos, los desafíos con los niños de por ahí, los interminables juegos en la calle. Esas eran nuestras claves y las señas de identidad.

Sabes que tu media sonrisa, tu buen humor y tu generosidad se fraguaron en nuestra infancia compartida y perduran, sin duda, allí donde estés.

Ahora, cuando casi nada tiene sentido, me quedo con aquel abrazo que nos dimos en tu hospital hace un par de semanas, mientras -con tu humanidad a raudales- atendías a un amigo común. Cuando veas a mi padre ahí (junto a las estrellas), acércate y achúchalo. Y no dejéis de evocar lo que hice con tu padre, el otro día en la casa del barrio: esas irrepetibles excursiones por la sierra de Cádiz. Como auguraba el poeta latino Marcial, poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces. Hasta siempre amigo.

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