Tribuna libre

José María Urkia

Francisco Herrera Domínguez, In Memoriam

Fue docente honrado que compuso una obra encomiable, llena de generosidad y trabajo

15 de septiembre 2023 - 00:15

Gades llora la pérdida de uno de sus hijos queridos. El pasado 5 de setiembre se apagó la vida del profesor Paco Herrera (1957–2023) y los tristes lamentos de su patria chica llegaron por mar a las costas del cantábrico, a más de mil kilómetros, a la ciudad de San Sebastián, desde donde escribo. Esta ciudad tan querida por este gaditano, tan gaditano, como era Paco Herrera. Le gustaba pasear por las avenidas y plazas de una Donostia burguesa, elegante y cosmopolita y, al mismo tiempo, rumiaba en su pensamiento, de hondo calado intelectual, la visión de ese Cádiz tan blanco, con un mar común, y con tantas resonancias vascas de la ciudad andaluza marítima y ultramarina, espléndida en el siglo XVIII.

Hacía pocos meses que Paco nos visitaba con su mujer, Mari Carmen, su gran compañera, y venían de Navarra para respirar los aromas y brumas del cantábrico lluvioso, los verdes montes, el agua que echaba de menos, y con su cámara fotográfica nos regalaba estupendas instantáneas, tanto de Cádiz como de la Bella Easo y otros lugares. No eran imágenes al uso, no; eran composiciones un tanto poéticas, pues así era Paco, un poeta.

Desde que llegué por vez primera a Cádiz, en 1990 de la mano de profesor Orozco, su maestro, mi visión de la ciudad ha estado inseperablemente unida a Herrera, quien me enseñó a conocerla y descubrir sus tesoros. Con su saber discreto y exacto nos paseábamos por la ciudad, por su plazas, calles, museos e iglesias, deteniéndonos en la librería Falla, de la plaza de Mina, para ‘degustar’ de las últimas novedades literarias.

Tres aspectos quisiera subrayar en estas breves y emocionadas líneas: Herrera el universitario, el amigo y su legado,

Decir que Francisco Herrera ha sido un catedrático ejemplar de la UCA es una verdad indiscutible, pero es más difícil que lo confiesen sus alumnos y así es, y sirva de ejemplo la emotiva carta que escribió Pablo Molanes y publicó este Diario.

Podemos cuantificar toda su obra histórico–médica dando cifras: más de cien artículos, seis libros, once tesis dirigidas, múltiples conferencias y seguramente todo eso dice mucho pero no lo más importante: el rigor, la honestidad y la originalidad de sus trabajos; el alma que puso en ellas, lo que no miden los fríos registros bio–bibliográficos.

Fue docente honrado que compuso una obra encomiable, llena de generosidad y de trabajo y enseñó modos y maneras de entender la profesión sanitaria a sus discentes.

Paco fue amigo entrañable para quien esto escribe. Conservo un nutrido epistolario y puedo afirmar que destila humanidad, sensibilidad, discreción. Hombre bueno, que sufrió sinsabores con sonrisa callada y, a veces, retranca gaditana.

Nos queda su legado, su obra, su escogida biblioteca que ha donado a la Universidad; Cádiz, la Universidad, las academias, su amigos, le debemos un homenaje y mantener vivo su recuerdo.

Adiós, Paco, Agur, desde tu querida Donostia. Me llamabas, con cariño, ‘El Quijote del Norte’ y yo leeré esas páginas cervantinas que tantos nos gustaban y nos elevan del suelo y del barro de esta tierra, hacia ideales nobles, generosos y de concordia.

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