Hoy, domingo de Feria, estaríamos en el cuarto día de nuestra fiesta mayor con su pregón ya saboreado y comido y bebido; y con la Velada del reencuentro de los más impacientes casi olvidada si no fuera porque además de muertos, mascarillas, guantes, respiradores, test, intoxicaciones periodísticas que no etílicas, y politiqueo del malo estamos a punto, al menos en El Puerto, de entrar en esa fase en la que se te permite casi todo pero casi nada a la vez. Prudentemente claro.

El sentido común nos indica que no debemos ni precipitar ni forzar acontecimientos antes de lo previsto como desean los nuevos manipuladores del menaje de las cocinas. Ya lo ha puesto negro sobre blanco el ‘ciudadano Bergoglio’, cuando dijo aquello de “La economía hoy deja a las personas de lado. Idolatramos el dinero”. Recomiendo a los no creyentes, pero sobre todo a los tantísimos creyentes de buena fe que sé que andan un poco mareados con estas cosas, le echen una miradita a la ‘Economía de Francesco’ auspiciada por el propio cabeza visible de la iglesia católica consistente en una iniciativa mundial que busca poner la dignidad humana como centro de todo, esto es, la economía del bien común, y no la economía del bien comer y mejor vivir pero para unos cuantos nada más.

La Feria de El Puerto de nuestra memoria colectiva te invita a todo menos a meditar en voz alta, especialmente cuando ya la tienes suficientemente pateada. Este jodido año bisiesto, sin portada, sin luces, sin albero, sin casetas, sin caballos, sin calle del infierno y sin cohetes de fin de fiesta, ha conseguido en un paréntesis de alivio feriante que por un momento nos humanicemos con nuestros iguales al estilo que nos enseñaron esos abuelos y abuelas que se han ido para siempre. Mañana, lunes de Feria, tendremos que diluirnos del hechizo penetrante que cada primavera nos insufla nuestra chanza de la convivencia y el buen talante. Quedémonos con la sustancia de después de la Velada que es la que se coge con más ganas. Seamos dignos.

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