Más allá de lo amarillo

Manuel Amaya Zulueta

Antonio Burgos, un bético del Glorioso (1)

29 de diciembre 2023 - 00:00

Aquella tardinoche, quizá fuera 28, quizá fuera diciembre, cuando Antonio Burgos llamó: Que mañana tienta Curro unas becerras en casa de don Álvaro. ¿Vais a venir? Por supuesto, respondimos. Entonces nos vemos allí un poco antes de las once. Pero ya sabéis cómo es Curro pa vestirse, lo que tarda y lo delicado que es y el tiempo que le echa a eso. Efectivamente, a las once en punto ahí estábamos Enrique Montiel y servidor estacionando el coche en Los Alburejos, un finca linda asentada en el término municipal de Medina Sidonia, el cortijo donde don Álvaro Domecq y Díez tenía su, entonces, una de las mejores camadas de bravo de toda la Iberia mítica… Nos saludamos todos, don Álvaro, Curro y Antonio, el mozo de estoque del Faraón, y hala, a la placita al aire libre. Curro ya llevaba más de una hora, según nos confesó Antonio, mirándose en el espejo y dándole órdenes al hombre de confianza que lo vestía como si fuese una virgen trianera antes de salir en su paso de palio por la primavera sevillana.

Ya sentados en la gradilla, nos mirábamos y nos preguntábamos por qué no empezaba la misa laica, pues pasaban los minutos y nadie abría el portón por donde debía aparecer de un momento a otro la primera vaca. Al poco descubrimos el porqué de la tardanza. Antes habíamos visto cómo Curro paseaba por el albero y tocaba con el pie diferentes puntos del suelo, quitaba una piedrecita, volvía a examinarlo... Pronto, y tras consulta con don Álvaro, entró en la plazuela un tractor que arrastraba una monumental estera y dibujó cien circunferencias sobre la tierra. Están alisando el terreno, nos aclaró Burgos, porque Curro dice que está desigual por algunos sitios y que se le puede partir un tobillo. Finalmente, el tractor se largó con su bata de cola rubia y se cerraron todas las puertas excepto una. En un minuto ya estaba corriendo y berreando como un diablo la añoja. Curro dejó que se desahogara y se cansase un poco. Y por fin apareció el torero. Iba hecho un pincel. De Murillo, por lo menos. Y al poco, verónicas de alhelí de Federico se evaporaron en el aire frío.

Antonio Burgos, que estaba sentado en una fila más baja, giró la cara, nos guiñó un ojo y medio chilló: ¿Qué? Soberbias, le gritamos muy emocionados. Una fila larga de “afisionaos” se había subido en la valla de enfrente. Sabían que el Maestro las dejaba “tiernas” y que entonces, a una señal del diestro, podrían ir bajando uno a uno tras el riguroso orden de llegada durante la madrugada anterior y “ponerse delante”. Y así fue. Uno a uno se iban tirando, oh juvenil agilidad, desplegaban sus capotes y, mejor o peor, cada uno se iba con el sabor de boca de haber toreado “con” Curro.

En un burladero muy cercano, vimos a Rancapino con un gitanillo. Quizá fuese su hijo, quizá fuese en la última vaquilla cuando Curro se dirigió a Rancapino y le dijo al cantaó que saliera el niño, que le dejaba al animal en suerte. Y ahí empezó el escándalo… (continuará)

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