El mes de enero suele ser un mes extraño. La manida “cuesta de enero” asoma tras las vacaciones y obliga a retomar la dieta económica y emocional después del despilfarro de diciembre. Se suma a ella que últimamente los medios, a la búsqueda siempre de un anglicismo que entretenga el cotarro, han hecho suya una nueva etiqueta: el Blue Monday, al parecer el día más triste del año, que fue exactamente el lunes pasado. No lo viví como tal, pero tengo que confesar que, si no la semana más triste, sí me está pareciendo una de las más anodinas. Será que han vuelto las lluvias, que lo revuelven todo, o que por primera vez no tenía tema para esta columna, pero me he encontrado desconcertada. En este punto, necesitada de una idea sobre la que escribir, he recurrido a la prensa. Allí, he sorteado las referencias al carnaval, los vaivenes políticos, el tiempo y el pin parental y… me he visto sin nada. Luego he tratado de recordar qué temas de sociedad me habían impactado últimamente y me he dado de bruces con el algoritmo. Resulta que la Warner va a empezar a utilizar un sistema de inteligencia artificial para decidir qué proyectos apoyarán o descartarán. Se trata de un algoritmo capaz de predecir la recaudación en taquilla de una película antes de que se realice. Me ha sorprendido también la creación de los primeros robots vivos del mundo que, por cierto, se han hecho a partir de un algoritmo y reglas básicas de biofísica. Leo, además, que no hay nada que hacer para arreglar mi muro de Facebook, porque es un algoritmo el que selecciona las publicaciones y usuarios que aparecen en él.

Nunca he creído demasiado en la libertad del ser humano, pero después de esta semana estoy empezando a pensar muy seriamente que la culpa de haber perdido la facultad de decidir la tienen los algoritmos. Qué quieren que les diga, no me resulta demasiado tranquilizador que estemos dejando tantos asuntos en sus manos porque podemos confiar en las matemáticas, pero me temo que no tanto en quien las maneja.

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