Bajo este lema, decenas de miles de personas provenientes de todos los rincones del mundo nos manifestamos el pasado viernes para exigir a los mandatarios mundiales, reunidos en la COP25, que adopten medidas drásticas y efectivas para impedir que el cambio climático termine por hacer de la Tierra, nuestra casa común, un lugar invivible.

Desde que en 1992, en la Cumbre de la Tierra de Río, se firmó el Convenio contra el Cambio Climático, y desde que en 1997 se aprobó el Protocolo de Kioto, con unos tímidos objetivos de reducción de la emisión de gases de efecto invernadero, los incumplimientos han sido generalizados, con una suicida aceleración de la emisión de gases contaminantes. Y España, a la cabeza de la UE en crecimiento de estas emisiones.

Los dirigentes políticos y la mayor parte de la sociedad han ignorado durante décadas las advertencias de científicos y ecologistas sobre los gravísimos efectos que terminarían por acarrear el crecimiento constante de las emisiones de dióxido de carbono, metano y óxidos de nitrógeno, los gases que provocan el temible efecto invernadero. Se les intentó desacreditar tildando sus previsiones de fábulas catastrofistas. Era más fácil mirar para otro lado y dejar el marrón a las generaciones futuras. Pero la realidad está superando los peores escenarios, y el cambio climático está aquí, y se acelera de forma exponencial. Y seguimos emitiendo a la atmósfera millones y millones de toneladas de gases al año.

No se trata ya de reducir las emisiones, sino de eliminarlas, descarbonizando la economía y planteando proyectos a escala planetaria, como recuperar los bosques destruidos, que permitan absorber parte de los gases irresponsablemente emitidos a la atmósfera, que hemos utilizado como un vertedero.

Estamos en una situación de emergencia climática, y la sociedad empieza a comprender que un tiempo, el de los combustibles fósiles, ha acabado, que irremediablemente nos tendremos que abastecer de energías renovables. Que el tiempo en el que un reducido número de personas y multinacionales acaparan las riquezas del mundo también tiene que acabar.

Necesitamos un mundo con justicia social y ambiental. La otra alternativa es el suicidio colectivo y la guerra constante por unos recursos cada vez más escasos.

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