El último grito
Crítica de Teatro
EL GRITO EN EL CIELO
Grupo: La Zaranda. Autor: Eusebio Calonge. Elenco: Celia Bermejo, Iosune Onraita, Gaspar Campuzano, Enrique Bustos, Francisco Sánchez. Iluminación: Eusebio Calonge. Espacio escénico: Paco de la Zaranda. Dirección: Paco de la Zaranda. Música: Obertura de Tannhäuser, de Richard Wagner; transcripción del mismo tema para piano y órgano, de Franz Liszt; Adore te devote, de Santo Tomás de Aquino, y Mambos de Pérez Prado.
La Zaranda en el FIT con su última obra: El grito en el cielo. Un espectáculo largamente rodado desde que se estrenó en noviembre de 2014. Previamente cocinado en la residencia artística de la Bienal de Teatro de Venecia. Una propuesta que sigue despertando el interés del público, que llenaba la sala, y de los medios de comunicación, no siempre presentes en las representaciones del festival. Muchos fotógrafos.
Un grupo veterano con un recorrido intenso. Una compañía asentada, con las ideas claras sobre cuál es su aportación a la escena española. Que ha investigado y madurado hasta alcanzar un espacio propio en el que se encuentra cómoda. Ver a La Zaranda de 2015 es ver teatro para recordar.
Con El grito en el cielo reflexionan, y no es la primera vez, sobre el paso del tiempo con un lenguaje que mantiene un emocionante equilibrio entre la poesía y el humor. Ahora se centran en la recta final de la vida, sobre qué pasa con los viejos en una sociedad como lo nuestra que vive de espaldas a la muerte, de espaldas a la vida, al final de la vida. Apartados, en aparente calma, rodeados de cuidados en un geriátrico modernamente siniestro, estos viejos redichos y contestatarios son adultos tratados como niños, a los que no se les escucha ni se les tiene en cuenta. Desechos de la sociedad del quiero y no puedo.
Sobre las tablas un grupo de actores cohesionado, que defiende la propuesta con convicción, con devoción, entregado a ese momento único de comunión sin ceremonias, con la verdad por delante. Actores identificados con un proyecto que va más allá de un montaje puntual, que no sólo viven del teatro -peor que mejor, supongo-, sino que tienen el teatro como forma de vida.
Al frente, Paco de la Zaranda imprime el marchamo de la compañía a su propuesta escénica. En este caso, sencilla, sorprendente, versátil, eficaz. Él es parte fundamental. Lo ha sido desde siempre. Eusebio Calonge firma un texto depurado, de gran fuerza dramática. Se responsabiliza también de las luces: un acierto.
La música, no original pero bien elegida, pone un punto de irónico distanciamiento y, en algunos momentos, contrarresta la enorme dureza de lo que se está contando.
Los actores esperan al público en el escenario, agazapados bajo sábanas, escondidos dentro de jaulas-contenedores, pequeñas cárceles del sinsentido. Y lo despiden de pie, sobre esos mismos contenedores, sin inmutarse ante los aplausos. No salen a saludar. La función ha terminado.
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