Sicilia Italia
HAY una línea ininterrumpida, coherente y bellamente cincelada en piedra, que une a lo largo de más de dos mil años la vida de los habitantes de Sicilia, desde aquellos griegos antiguos que inventaron nuestra visión del mundo hasta los actuales sicilianos, residentes de una isla hermosa, respiradores de una atmósfera aparentemente placentera, y degustadores de una cocina excelsa: la mejor de Italia, dicen. Probablemente, en ningún lugar de esta tierra se puede apreciar tan bien esta continuidad histórica como en el Duomo de Siracusa. Por fuera es una suntuosa y a la vez armoniosa fachada barroca del siglo XVII, con frontones rotos, columnas, esculturas y volutas, dorada, reluciente al sol mediterráneo y exactamente perfilada sobre el cielo más azul del mundo. Por dentro, en cambio, es un templo dórico de piedra blanca, sobrias columnas acanaladas, con aquellas partes que estudiamos: basa, fuste y capitel, intacto desde el siglo V antes de Cristo, y reconvertido de templo de Atenea a Catedral.
Siracusa era la patria de Arquímedes en aquella Magna Grecia, y el lugar en el que la ninfa Aretusa se refugió de la persecución del río Alfeo. Hoy, en el centro de la ciudad clásica y barroca, en la isla de Ortigia, la Fuente de Aretusa sigue manando agua dulce junto al mar. Para muchos, Siracusa es la joya de Sicilia, pero elegir la gema favorita en el gran joyero que es Sicilia es tarea difícil.
Podemos empezar por la capital, la inclasificable Palermo, superpoblada y sucia, africana y europea, estallante de barroco pero también de palacios en ruinas, llena de mercados al aire libre, derrochadora de esculturas en esa confluencia inimaginable que son los Quattro Canti (Cuatro Esquinas). Apasionante y subyugante sin embargo, uno puede rememorar la escena final del El Padrino III en la soberbia escalinata del Teatro Massimo,y naturalmente, asombrarse con los mosaicos bizantinos de la Capella Palatina o de la más alejada catedral de Monreale, a pocos kilómetros.
Podemos coger un tren hasta Agrigento, dos horas apenas en un cómodo regional, alojarnos dos noches en la agradable población, y dedicar una mañana entera al Valle de los Templos, la mayor concentración de arte dórico tal vez del mundo. El otro día se puede dedicar a conocer la sorprendente playa de piedra blanca como la espuma de Scala dei Turchi, muy cerca, y tomar fuerzas en una tumbona con baños de sol y mar incluidos. Así habrá ánimo para desplazarse al día siguiente hasta Ragusa, la ciudad que fue destruida por un terremoto en el siglo XVII, lo que fue aprovechado por sus autoridades para reconstruirla en barroco. El casco antiguo, llamado Ragusa Ibla, es quizá la mayor muestra de este estilo en una isla cuajada de él, junto con Noto, otra ciudad reconstruida. También muy cerca se encuentra Módica, famosa por su chocolate hecho al estilo antiguo.
La vuelta a la isla, en el sentido inverso a las agujas del reloj debe pasar por la nombrada Siracusa, la volcánica Catania, hija del Etna, para hacer una parada posterior en Taormina,antes cantada por poetas y músicos, que aloja uno de los teatros griegos más bellos, en la ladera frente al mar, y ahora tomada por el turismo de toda clase. Si se logra evitar el tumulto y reírse de las numerosas bodas que allí se celebran, se puede admirar su belleza clásica y sus maravillosas aunque dificultosas playas.
La gira acaba en Cefalú, gótica y normanda, dorada como su imponente catedral al atardecer. Dentro de ella, otra explosión de mosaicos en el Pantocrátor del ábside, y en los alrededores, plazas llenas de palmeras, calles medievales, y una soberbia playa, con sus restaurantes exquisitos y su servicio de balneario atento. Para el dulce epílogo.
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