Historia viva de la publicidad
arte
El Museo Picasso de Málaga acoge una interesante muestra sobre el origen de la cartelería, con un repaso por la obra de significativos artistas, en un recorrido que parte de la Revolución Industrial
Si por algo destaca el Museo Picasso de Málaga es por su impresionante programación de exposiciones temporales. Esto no es difícil constatarlo. Si nos suscribimos sólo al tiempo que Pepe Lebrero está al frente de la institución que se encuentra en el Palacio de Buenavista -por otra parte, el momento de mayor trascendencia, dimensión artística y clarividencia-, hemos podido observar, nada más y nada menos que muestras, entre otras, de la importancia de la de Bill Viola, Richard Prince, Picasso a través de la cámara de David Douglas Duncan, la definitiva de Alberto Giacometti, la trascendental de Los Juguetes de las vanguardias o aquella de Frantisek Kupka, inaugurada en tiempos del gestor catalán pero organizada un poco antes de que éste llegara a la capital de la Costa del Sol, verdadero encuentro con la historia que transita paralela al desarrollo creativo del que es titular del Museo malagueño.
Como cierre del presente curso expositivo y antes de que llegue el próximo que se inaugurará con una muestra titulada El Factor Grotesco y donde encontraremos obras de grandísimos artistas de toda la gran Historia del Arte, actualmente Málaga bien merece una visita para adentrarnos en una lección importante sobre la historia del Cartel publicitario europeo, una exposición que nos hace circular casi por los inicios de la publicidad y que nos permite acercarnos a la obra de una serie de significativos artistas que diseñaron y dieron vida a una cartelería, germen impulsor del, ahora desorbitado, mundo del diseño publicitario, algo que, sin él sería imposible hoy en día vivir por ser la imagen mediata de una sociedad visual que hay que vender para saber, medianamente, conducirnos por ella. Podríamos decir que de aquellas primeras brisitas llegaron estos vendavales de la publicidad.
La exposición nos conduce a través de cincuenta años del cartelismo realizado por los grandes artistas de entre siglos, aquellos que rompieron con la tradición y abrieron caminos por donde conducir una creación artística llena del mayor de los entusiasmos. Cartelismo que tiene, además dos fabulosos aliados. Por un lado, el creciente desarrollo de la fotografía y, por otro, el aumento y perfección de las técnicas de estampación, que abrieron infinitamente las posibilidades de un Arte que, poco a poco, se iba a ser imprescindible en el discurrir de la nueva sociedad.
El cartel surge amparado por el nacimiento de la Revolución Industrial y todas las circunstancias que la rodearon. El mundo estaba entrando en una dinámica distinta, con nuevos argumentos, nuevas situaciones y nuevas necesidades. La sociedad tuvo que variar su rumbo muy rápidamente. Las clases sociales, desde las más privilegiadas a las más desfavorecidas vieron un nuevo entorno al que había que acceder para no perder el norte que los nuevos tiempos imponían. De esta manera, surgió una nueva realidad a la que, cada cual, desde su posición existencial, debía acceder. Así para los ricos se anunciaban fabulosos trasatlánticos, trenes majestuosos o balnearios de lujosas características. Los menos afortunados tenían referencias de asuntos más cotidianos, ruedas de bicicletas, chocolates o simple anís que reconfortara una existencia con muchas carencias. Esta sociedad era el destino de un cartel que, desde su nacimiento, tuvo como especialísimas características, la claridad del mensaje y la directa visión de lo que se presentaba; algo que asumió la política para mostrar sus interesados planteamientos.
La exposición nos conduce por cincuenta años de la cartelería europea, desde aquellos primeros momentos en los que Jules Chéret y, sobre todo, Henri Toulouse-Lautrec llenaban las calles de París con estampas anunciando cabarets, salas de fiestas y todo aquello que rodeaba una ciudad llena de infinitos encantos. En España, el gran artista catalán Ramón Casas daba vida artística al famoso Anís del Mono, la marca de aguardientes de las destilerías badalonesas de Vicente Bosch. Algo parecido a lo que hace O'Galop, realizando para la empresa de neumáticos Michelin, el conocido y rotundo Bibendum. La Revolución Rusa dio pie para un gran desarrollo publicitario. Grandes artistas de los movimientos de vanguardia aportaron sus ideas estéticas al servicio de un cartel con gran vocación informativa y, ante todo, de futuro.
La muestra, comisariada por Carlos Pérez, nos presentan ciento setenta y cinco obras provenientes de colecciones de importantes museos de todo el mundo. En ella nombres de la talla de Alexander Rodchenko, Gustav Klucis, Vladimir Ledelev, Man Ray, Giacomo Balla, Rafael Barradas, Kurt Schwitters, Josep Renau, Vladimir Maiakovski, John Heartfield, Miguel Utrillo, Fortunato Depero, Pierre Bonnard, los mencionados Jules Chéret y Henri Toulouse-Lautrec, así como los españoles, el nombrado Ramón Casas, Benjamín Palencia, Rafael de Penagos, Aníbal Tejada o Federico Ribas, entre otros muchos, que conforman una grandísima nómina de artistas que ponen las bases especialísimas de una realidad que, desde aquellos momentos, tendrá un discurrir apasionante y apasionado y, además, que está extraordinariamente montada con una determinante estructura de andamiajes que potencian el propio valor de lo presentado.
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