Con el agua al cuello: “O se buscan soluciones, o el campo de Chipiona tiene los días contados”
Los temporales agravan un problema estructural del nivel freático y anegan explotaciones históricas en un contexto de hartazgo del sector, cansados de la dejadez administrativa
Más de un centenar de productores afectados, cultivos bajo el agua y agricultores al límite que exige soluciones técnicas frente a los parches de emergencia
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Los temporales que en las últimas semanas azotan Andalucía y, con especial dureza, a la provincia de Cádiz, han vuelto a poner contra las cuerdas al campo chipionero. Las lluvias persistentes han anegado explotaciones agrícolas históricas y han destapado, una vez más, un problema estructural que los agricultores llevan años denunciando: un nivel freático descontrolado y la ausencia de soluciones reales para evacuar el agua. Hoy, en muchas parcelas, el agua no solo cubre los cultivos, sino también las esperanzas de quienes viven de ellos.
“Estamos fatal”, resume sin rodeos Luis Manuel Rivera Maestre, presidente de la Asociación de Agricultores de la Costa Noroeste. Su diagnóstico es tan crudo como gráfico: “Hay agricultores con el agua en el cuello, hay casi medio metro de agua. Está todo bajo agua. Esto es insostenible”. Rivera advierte de que no se trata de un episodio puntual, sino de un problema que amenaza directamente la supervivencia del sector. “Como al acuífero no se le dé una solución, el campo de Chipiona se pierde”, sentencia.
La magnitud de los daños, explica, es difícil incluso de cuantificar. Desde la asociación se ha habilitado una oficina para que los agricultores declaren sus pérdidas, pero la cifra real de afectados podría ser mucho mayor. “Calculamos que hay más de 100 agricultores afectados, pero hay muchos que no están declarando porque están intentando sacar toda el agua posible de sus terrenos”, explica. En muchos casos, la prioridad no es el papeleo, sino salvar lo poco que queda. Aun así, Rivera es tajante: “Hay que buscar una solución o el campo de Chipiona tiene los días contados”.
A corto plazo, las alternativas son mínimas. Evacuar agua hacia los canales cercanos es, hoy por hoy, la única vía para evitar que la situación empeore. Pero incluso esa solución de emergencia se queda corta. “Esto es antinatural”, lamenta Rivera, que recuerda cómo la superficie inundable no ha dejado de crecer con los años. “Si antes había 350 hectáreas inundables, cada vez se va ampliando más. Hay terrenos que llevan varias décadas sin inundarse y ahora mismo están anegados”. El problema, además, ya no se limita al ámbito rural: “Este agua va también para el pueblo y no descarto que se inunden sótanos y garajes. La situación es de catástrofe”.
Parches insuficientes para un problema enquistado
Las medidas adoptadas hasta ahora alimentan aún más la frustración del sector. Se han instalado dos bombas con placas fotovoltaicas, pero sin generadores de apoyo. “Cuando está nublado o llueve no funcionan, entonces es absurdo. La solución no es esa”, critica el presidente de la asociación, que compara la gestión local con la de otros países europeos. “Estamos en Europa y tenemos medidas y soluciones del tercer mundo. Cuando vamos a otros países como Holanda, el agua está a un metro y el terreno está totalmente seco. No es necesario hacer aquí el Canal de Panamá; con poco dinero se puede solucionar esto”.
Detrás del abandono progresivo del campo, Rivera apunta también a un cansancio profundo y a una desconfianza creciente. “Nos preguntamos si hay algún interés en que no se solucione esto”, reconoce. Los agricultores, dice, están “hartos”, y teme que esa desesperación acabe teniendo consecuencias irreversibles. “En cuanto alguien quiera comprar, va a poder hacerlo con poco dinero. Son campos que llevan generaciones pasando de padres a hijos”. La cercanía de la playa y el valor potencial de los terrenos alimentan la sospecha de que el deterioro no sea del todo inocente. “A veces pensamos que hay interés en que no se arregle y que los agricultores se harten”.
Las promesas de obras para regular el nivel freático tampoco han llegado a materializarse. “Estábamos muy esperanzados en que empezaran, estábamos a la espera de trámites burocráticos —como recalcaron este reportaje de la última campaña de Todos Los Santos—. Seguimos en las mismas, eso se ha quedado ahí”, explica Rivera. El resultado es visible: “Hay campos abandonados por los agricultores, y son terrenos que ya están perdidos”. Un escenario que, a su juicio, refleja un modelo económico desequilibrado. “Todo no se puede basar en el turismo, pero nadie quiere apostar por la agricultura”.
La declaración de Zona Catastrófica para una catástrofe
Desde el sector se volvió a pedir, como ya ocurrió el año pasado, la declaración de zona catastrófica, aunque Rivera insiste en que las ayudas no pueden ser la única respuesta. “Es necesario hacer un plan hidrológico para que los agricultores puedan ir tranquilos al campo”. La paradoja es que “las mejores tierras de Chipiona son las que se están perdiendo”, huertas y explotaciones familiares que durante décadas han sido el sustento de muchas familias. “Hay que protegerlo más que al lince”, ironiza con amargura. Por eso insiste en una idea clara: “El campo necesita soluciones, no subvenciones”.
"Queremos soluciones, no subvenciones"
En las parcelas, el desgaste emocional es evidente. Jesús Martín, agricultor afectado, reconoce que el ánimo está por los suelos. “Estamos sin ganas de nada. Esto puede pasar, pero estamos hartos de que no se busquen soluciones”. En su caso, el impacto va más allá de los cultivos. “Tengo cuatro trabajadores y se pegan cuatro meses sin poder trabajar”, explica. Las ayudas europeas, cuando llegan, no compensan la pérdida real de ingresos. “Ahora te llega una ayuda de la Unión Europea, pero eso no vale para nada. Hay familias que se llevan meses sin coger un euro”.
A pesar de todo, Martín no reniega de su oficio. “Yo nunca me voy a arrepentir de dedicarme al campo”, afirma, aunque reconoce que no todos aguantan. “Sí sé de agricultores que se han planteado dejarlo”. La indignación va en aumento y no descarta acciones legales. “Si hace falta, iremos a pleito, porque queremos buscar a los responsables de esta situación”. Advierte, además, de un daño menos visible pero igual de grave: “Aparte del dinero de los agricultores, el propio campo está perdiendo valor”.
También cuestiona la respuesta institucional. Para Martín, la solicitud municipal de la declaración de zona catastrófica es insuficiente. “Es para lavarse las manos y dar una buena imagen”, critica. El problema, insiste, es uno y siempre el mismo. “Lo que no puede ser es que se siembre sin saber si el cultivo lo vas a perder por poca agua que caiga, porque el nivel freático está alto y el agua te come el campo. Es el único problema que hay; si venden otra cosa, es mentira”.
Mientras tanto, el agua sigue estancada sobre algunas de las tierras más fértiles de Chipiona. Bajo esa lámina marrón no solo quedan cultivos arruinados, sino también una forma de vida y el corazón de un pueblo que se desvanece lentamente. Entre temporales, promesas y parches, el campo chipionero aguanta, pero cada vez con menos margen y con la sensación de que el tiempo —y el agua— juegan en su contra.
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