“La Marina lo era todo en la Isla”
La memoria de la presencia militar en San Fernando cabalga entre la nostalgia por los ingresos que proporcionaba y el recuerdo de un pasado dictatorial · El abandono reina en muchas de las instalaciones
La película de la historia de amor entre San Fernando y la Marina española está seguramente grabada en la trastienda de negocios como Foto Fabra y en los archivos del fotógrafo Quijano, tanto como en la memoria de miles de isleños, militares o no. Ellos fueron habitantes de un tiempo no tan lejano en el que “de la Marina comíamos todos”, según Mari Carmen Ortiz y Manuel Hernández, que durante 50 años regentaron una tienda de ultramarinos al lado de los cuarteles, una entre la decena de tiendas y bares existente entonces en menos de doscientos metros de recorrido. Ellos son de los pocos supervivientes. Han sido afortunados. Ahora es su hijo Carlos quien dirige el negocio.
Hoy, en el barrio o población militar de San Carlos, según quien lo diga, siguen oyéndose casi a diario las ráfagas de las prácticas de tiro de los infantes del Tercio de Armada, un residuo casi, y en el paseo arbolado las tropas retumban en el suelo con su paso ligero e hieren los oídos con sus cantos de machotes. Pero las instalaciones del polígono muestran un deterioro desolador, lo mismo que el entorno antaño reluciente de los cuarteles y las dependencias militares.
Es sin duda ésta una película acabada y no con un final feliz. Ahora, si acaso, quedan secuelas o episodios, como un serial muy desmejorado comparado con el original. Entonces, no hace tanto, hasta una década si acaso, “la Marina lo era todo” según dice, recogiendo un consenso no expresado, el fotógrafo Enrique Rioja, hijo de un antiguo funcionario civil de la Armada, artificiero de lo que entonces se llamaba la Maestranza.
Cuesta explicarse una ruptura tan radical y rápida con ese pasado. No hace falta sacar números. Miles y miles de isleños encontraban su sustento en esa relación y San Fernando, una referencia “discutida, pero que era nuestra personalidad”, como razona el fotógrafo Pablo Fabra. Él ha retratado junto a su padre a decenas de miles de marineros, soldados e infantes de Marina, en juras de bandera, en esas fotos que se pusieron de moda, en las que aparecía en el centro el barco en el que el recluta estaba destinado, y en los vértices superiores su rostro a un lado, y el de su novia a otro.
“Había colas en la puerta de la tienda, eran cursis pero era la época... tuvieron un éxito increíble”, recuerda Pablo, y remacha: “Yo añoro aquellos años, lo reconozco”. Aquellos años setenta en los que su padre obtuvo el permiso para retratar los actos oficiales. Una mina. La misma que encontraron, y que supieron buscar, Manuel Muñoz y Josefina Rodríguez, fundadores de Efectos Militares Buenavista a mediados de los sesenta. En las multitudinarias juras montaban un tenderete en el que “el padre, los hermanos y los hijos y quien pillara por allí” no daban abasto vendiendo recuerdos militares, cerámicas y muñecas Wendy, recuerdan Ana María Muñoz y su marido Carlos Rébano, su “asesor”, que heredaron el histórico negocio hoy situado en la Glorieta. Días de fiesta. “Épocas muy buenas”, añora él.
En el último decenio el negocio, como tantos otros, ha ido perdiendo intensidad al mismo ritmo que la presencia de la tropa, y ha tocado reconversión. “Aventura, supervivencia, regalos, seguridad, artesanía, naval, complementos para FFAA”, anuncia el escaparte de la tienda. Y además ‘AirSoft’, la última incorporación, un juego en el que usted puede disfrazarse, por ejemplo, de soldado yanqui en Vietnam, equiparse con una réplica de un fusil M16 y munición de PVC, y jugar con sus compañeros a ver quien mata pero sin matar a quien. “El mejor desestresante”, observa Carlos, “un profesional del mundo militar”. Él ha conseguido mantener el negocio a flote a base de clientes fieles, también de otros cuerpos de seguridad, y un servicio muy especializado, como demuestran sus “54” modelos de botas o su colección de guantes anticortes. Aun así, la tienda de efectos militares resulta anacrónica, casi una rareza, en La Isla de Bahía Sur y los cines Ábaco, la del futuro tranvía metropolitano, o la parada de la alta velocidad.
Pudo ser la supresión de la mili obligatoria la puntilla a aquel modo de vida de una ciudad en torno a uniformes. San Fernando tenía una población permanente de más de 5.000 hombres que acudían a hacer la instrucción o estaban destinados a cumplir el servicio militar en Marina o en el Ejército de Tierra. Sin duda pudo ser, pero el industrial Manuel Hernández lo tiene claro: “La culpa no la tuvo el final de la mili obligatoria ni los militares. La culpa la tuvo Trillo, el de manda güevos, que se llevó la Marina a su tierra, a Cartagena. Y este pueblo y sus políticos, que no supieron movilizarse para impedirlo”. “Los traslados de personal y de acuartelamientos siempre han sido decisiones de ministros civiles, ministros ci-vi-les”, recalca Carlos apostado en el mostrador de su tienda.
Mari Carmen recuerda como en aquellos tiempos “de esplendor” su negocio de ultramarinos era capaz de vender 300 bocadillos en media hora, mientras los soldados de reemplazo esperaban para embarcar frente a su tienda en una flotilla de autobuses que los llevaba de permiso a su tierra: “Y ollas de café, ollas y ollas, cuando los reclutas llegaban de madrugada en el tren”, saliendo de la cercanísima estación, ahora en obras para dar paso a los trenes más rápidos.
“De la Marina comían hasta los herreros”, describe Manuel; “toda la ciudad, todo el mundo”, añade Carlos; y precisa Enrique Rioja: “los barberos, los cocineros, los escribientes, los proveedores, mayoristas de alimentación, todos los oficios...”, un personal amplísimo y tan variado como un mundo en pequeñito ejerciendo en los cuarteles y sus alrededores. Era mucho más que los suboficiales, oficiales y jefes que residían en la que era orgullosa capital de la Capitanía General, antes de que las sedes se dispersaran por Rota y Cartagena.
Luego estaba el mundo no oficial, mujeres que lavaban y planchaban la ropa a los soldados, pensiones registradas (La Alicantina, La Catalana, Buenavista... pegadas unas a otras) pero también casas que alquilaban cuartos o simplemente aceptaban guardar los petates y macutos de la tropa. Entre ellos no estaba el entonces Príncipe Juan Carlos, bien cuidado en el Castillito mientras era un cadete en la también trasladada Escuela Naval. Una vez, cuando su grupo jugaba al fútbol, se embarcó el balón en el cuartel cercano de la Guardia Civil. “Él se ofreció a ir a reclamarlo, claro; qué guardia le iba a echar la bronca al Príncipe”, comenta Manuel.
La añoranza tiene muchos rincones en La Isla. Para Mari Carmen, también era mejor la educación de antes: “Los muchachos venían con sus uniformes y tú ya te fiabas de ellos, sabías que tenían una disciplina. Ahora, no me atrevo a dejar la tienda sola, vienen de paisano, muchos no son españoles... es otra cosa”.
No todo era tan idílico, claro, en tiempos de dictadura, y nuestros testigos no estaban ciegos ni eran sordos: “La Isla era una ciudad gobernada por los militares, yo creo que el capitán general era el que casi nombraba a los alcaldes”, opina Manuel. Y la separación social era evidente, con barreras infranqueables. Enrique Rioja tiene presente que “los militares no se mezclaban con el pueblo, ni siquiera ellos mismos entre los diferentes rangos. Las viviendas incluso estaban separadas por barrios según estuvieran destinadas a suboficiales, oficiales o jefes”.
En la cúspide, por supuesto, estaban los jefes, los “militares gordos”, según la jerga isleña. Manuel Baturone es capitán de navío retirado, tiene 79 años. Su padre, Adolfo Baturone Colombo, fue ministro de Marina con Franco. Su familia, en la que los seis varones han sido militares, es un emblema de la Armada en San Fernando. “No éramos elitistas –dice–, la separación era inevitable, empezaba desde chicos, en barrios diferentes y colegios exclusivos. Después, ya destinados en el barco, cuando regresábamos a tierra nos reuníamos con nuestros compañeros.Nuestras mujeres se dedicaban a su casa y se reunían con las otras mujeres de militares, la única vida social, en una época de pobreza, era el Club Naval... Eso sí, es verdad que no estaba bien visto salir con gente de otro rango”. No era altivez, sino el destino, podríamos decir. La fatalidad, el “no tiene remedio”. Tiempos pretéritos. Una época condenada al recuerdo en el San Fernando del siglo XXI.
M. M. Fossati / J. Garret san fernando
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