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Orden de actuación de la tercera sesión de preliminares

Hoy recomendamos Procida La hermana tranquila de Capri encierra una vida plenamente italianaUna isla

Vista general de la Marina Corricella, en la isla de Procida, al atardecer.
M. Muñoz Fossati Cádiz

31 de julio 2016 - 05:01

El olor de los limones se esparce por todo el golfo de Nápoles. Normal, hay limoneros espléndidos en la capital del Vesubio, en la contigua Costa Amalfitana, en las glamourosas islas de enfrente: Capri, Ischia... y Procida. Casi nada nuevo se puede decir de la primera, meca del turismo de lujo desde el siglo pasado, escenario de películas románticas o de aventuras, perfecto plató para anuncios de colonias y vermús italianos con modelos de infarto. La segunda también tiene una nutrida corte de admiradores, con sus playas largas y su castillo aragonés. Pero Procida es mucho más pequeñas que sus hermanas, ya pequeñas de por sí. Y menos visitada, aunque no es una desconocida, porque se comunica muy bien por barco con Nápoles.

Y en Procida, quizá en virtud de ese tamaño, los limones huelen más intensamente. ¿Que cómo huelen?: como el jardín de don Enrique. Ustedes no lo conocerían, pero don Enrique era un militar de alta graduación, de esos que enseñoreaban San Fernando, y que en cierta forma daban lustre a una ciudad que ahora es, digamos sin nostalgia, de otra manera. Coronel o tal vez almirante, vivía en las cercanías del Patio Cambiazo, pero no en eso que fue una una microciudad, un lugar lleno de vecinos. Él vivía en una gran casa sola, con un jardín. Y en el jardín, lleno de plantas (jazmines, aspidistras, tal vez olorosas daturas…) reinaba el olor de un limonero, una fragancia dulce y sonriente que, de alguna manera, viajó en el tiempo hasta una noche en la que el comensal regaba con unas gotas de limón el plato de atún con rucola servido en el restaurante La Lampara, del hotel La Corricella, sobre el barrio del mismo nombre de la isla de Procida. Igual olía.

Esa es una de las señas de Procida, bellísima hermana humilde de Capri: te trae sensaciones perdidas en la memoria. En su barrio de La Corricella, donde habitan los pescadores, con sus casas de colores, despintadas, agarradas al acantilado hasta llegar el mar, se oyen aún las campanas dando las horas con sus cuartos, el po-po-po de los motores de los barcos, los gritos sordos de los marineros, el silencio infinito todo el día, la risa de las gaviotas, el murmullo suave de unas personas serias y que hablan en un dialecto incomprensible. Nada que se pueda llamar ruido. Y los limones huelen como antes, como también olían las huertas y jardines de San Fernando, antes de la explosión de la ciudad en gigantesco dormitorio, en el que ya no te adormece el jazmín.

La Marina Corricella parece atrapada en el tiempo, y en sus bares y restaurantes marineros se juntan el aire de La Casería isleña con el del barrio gaditano de La Viña. Con unas escalinatas empinadas para subir a la ciudad y volver a bajar al puerto al otro lado de la isla. Si han visto ustedes la película El cartero y Pablo Neruda, esa que sale es la isla de Procida, y su protagonista Massimo Troisi, tiene allí una plaza y un restaurante con su nombre en La Corricella. Porque Procida, una isla italiana que se cruza andando en media hora, una mancha en el Golfo de Nápoles, no olvida ni se olvida.

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