Escuela surrealista de Zahara
Crónica de la noche de verano de Barbate en la que Carbonell, Urmeneta y De la Iglesia pintaron un mural a seis manos en El Pez Limón, el chiringuito heredero de La Gata
Pablo Carbonell conoció a Mikel Urmeneta en la orilla de la playa de Zahara de los Atunes, espléndida resaca. Amanecía o no debía faltar demasiado. Ambos lo recuerdan porque frente a ellos pasó un señor con un detector de metales que barría la arena buscando monedas o algún objeto de valor, un pescador postmoderno. La novia de Pablo, que también estaba, confundió al dibujante vasco con Luis Aguilé, así que le pidió largo rato que le cantara La Chatunga. La Chatunga tiene algo que me gusta, ya saben. "Sería porque llevaba el pantalón por los sobacos", se carcajea él, cinco años después, a unos metros del lugar en el que se produjo aquella fatal coincidencia.
Atardece, pero un chaval que lleva un tiempo subido a una silla consigue encender una bombilla que cuelga del techo de vigas de madera y palitos para hacer sombra. Parece que tenemos luz. Luz no, electricidad. El chiringuito El Pez Limón empieza a tomar forma en su inauguración, el jueves, con pie y medio en el verano. "Cerveza gratis hasta que acabe el barril", invita una camarera. Éste es el nuevo negocio de Eloy Sánchez Gijón y el sucesor de La Gata. No hay espacio aquí para contar cuanto se podría contar de La Gata. Sirva con apuntar que fue un chiringuito abrió a mediados de los noventa y se convirtió en un sitio de referencia para el veraneo alternativo de artistas, músicos, diletantes, bohemios de aquí y de allá, lugar de dispersión estival para los que en invierno están en otros meollos, gentes de todo pelaje. Lo fue hasta que en 2009 una patrulla de la Guardia Civil irrumpió por la noche en el local (e inmediaciones) y sorprendió a varios clientes haciendo trampas "de manera ostensible y pública", denunciaron. Fin.
Pero La Gata es ahora El Pez Limón y es su noche de estreno, que empieza con la reunión de los dos que se conocieron amaneciendo en Zahara y uno más, Álex de la Iglesia, que aún no ha llegado, debe estar durmiendo, para montar un show, una acción artística, una performance, señala Carbonell. ¿Pero aquí, exactamente, qué se va a hacer? "Emmm. Hacer. Pintar un mural a seis manos con música en directo, vamos, que será la decoración del bar, improvisando y todo eso". Bien. "Un lío puntual", añade Mikel Urmeneta.
Mikel es pamplonés, alto, ancho, barbudo y con melena de la mitad de la cabeza hacia atrás. Es dibujante y empresario, creador de Kukuxumusu, la fábrica de dibujos que empezó retratando las fiestas de San Fermín con pequeños monigotes en camisetas y que acabó estampándolos en medio planeta. Pero Mikel es sobre todo un vividor, si uno desnuda esa palabra de sus más negativos matices. Un tipo que saltó de Pamplona al mundo, cultivando amistades por doquier. Juerguista reconocido, irreverente artista de variedades, viajero con sede vital ora en Nueva York, ora en Pamplona, ora en Zahara. "Llegué aquí hace doce años con una novieta, enamorados los dos, huyendo de Marbella. Y esto fue como Nueva York, un sitio de esos a los que uno llega y sabe que volverá. Llega el verano y lo que más me apetece este cambio, esto no tiene que ver con nada".
Mikel debería estar en San Fermín de fiesta como en los últimos 25 años, "sin paréntesis", pero se ha instalado "obligado" unas semanas en Zahara con varios miembros de su equipo para finalizar un proyecto artístico. A grandes rasgos, consistió en trasladar durante dos meses a los trabajadores de Kukuxumusu de sus oficinas habituales a una galería equipada con cámaras y micrófonos, con cristaleras, a la vista de los viandantes. Toda la jornada laboral, en vivo y en vídeo.
En ésas andaba cuando Carbonell, con el que vio pasar al señor del detector de metales, le propuso ir con él al pub Akumal, "¡Actimel!", a pintar a cuatro manos un mural que decoraba el bar y que consistía en una pirámide Maya. "No tenía mucho sentido una pirámide de la Rivera Maya en Zahara, así que fuimos a pintar encima. Pusimos la banda sonora de Cantando bajo la lluvia, que pasó dos veces. A mí me gustó mucho, la gente estaba pendiente de cómo se transformaba aquello", relata Carbonell. "Hasta le cambiamos el nombre al bar, Zahara Maya", añade Urmeneta, que reconoce "haberle puesto los cuernos" a Andreu Buenafuente, su pareja en esto del pintar al tuntún.
Después de esto, Eloy (Sánchez-Gijón) animó a la pareja a repetir el trabajo en el escenario de El Pez Limón. "Y oiga, no sabemos decir que no", admite Carbonell. "Así que aquí estamos". "Y habrá que ir empezando, porque no hay mucha luz. ¿Empezamos? Falta Álex. ¿Dónde está? No coge el teléfono. ¡Bah! Ya aparecerá".
Sí aparece Eva Amaral con unos amigos, y una banda de música comandada por un mejicano que anima el asunto pero cuenta chistes regulares, a juicio de los clientes del chiringuito, que son medio centenar, de todas las edades, condiciones y estados civiles. Y así empieza lo que se supone que hemos venido a presenciar, aunque los artistas no tienen muy claro qué van a hacer y se encomiendan a una especie de improvisación alocada, automatismo puro.
Mikel se planta la mascarilla, coge un par de sprays y empieza con sus dibujos, tres hombrecillos como de pinturas rupestres que sujetan un pez amarillo, un pez limón, y dos toros, con los mismos trazos, "este año sin San Fermín", homenaje a la tierra, más dos monigotes en posición invertida, "sex on the beach", aquello empieza a parecerse a la puerta de un retrete de discoteca, donde siempre se dieron grandes manifestaciones artísticas; Carbonell arranca algo más tímido porque quiere "adaptarse al trazo decidido de Mikel" y porque él no se atreve con eso de los sprays, es más de "rotuladores de toda la vida", así que dibuja una caña y otro pececillo y toma rápido el rotulador blanco para poner mensajes, que es lo suyo, "La gata está viva, el pez no se la comió", un titular para el mural que queda encima de un pez que se ha comido media gata, "miau, glu", y una copa de "gin pez limón" en el que la rodajita del cítrico es un pescado que Mikel exprime antes de cambiar de zona y dibujar una banda de música, son tres monigotes como los monigotes saltarines que dibujó Conan Doyle para Sherlock, y sobre ellos, la sombra de un fantasma de lunares rojos con un tricornio azul que resulta ser "la autoridad cierragaritos", menos mal que llega Álex de la Iglesia, que parece ser el único serio de los tres, y se afana en dibujar una gran efigie que parece un Moai, con sus sombras, muy cuidado, sí que tiene talento para esto, admiten los compañeros mientras contemplan a ese hombre amarillo que resultará ser el "hombre limón, el amargado de las fiestas", que lo hay en todas, y que, a falta de detalles, pone punto y final a una hora de tintes surrealistas de las que "animan y son gratis, sin IVA". Música y aplausos.
De la Iglesia, que está con su familia, da cuenta de una de las tapas de paella que empiezan a repartir los camareros. No quiere decir mucho pero sí que las administraciones deberían "proteger" a los negocios que promueven "la cultura y el turismo singular". "No tiene lógica que sitios como éste se vean obligados a subsistir cuando deberían estar cuidados y protegidos, porque aquí es donde se representa la alegría de Cádiz y donde hay algo diferente". Entonces interrumpe la conversación un sujeto con grandes gafas azules, bastante eufórico, que trae firmas de los pintores en su camiseta: "Álex, saluda a mi madre, que no se cree que estás aquí". Y el director coge el teléfono. "Hola".
Mikel Urmeneta se une a la defensa de esa Zahara "singular", que no tiene nada que ver con una Zahara de jipis-pijos, aunque de éstos también hay. "Cuando llegué aquí valía todo, familias, artistas, juerguistas... Ahora se va arrinconando a los chiringuitos, se imponen los mismos formatos para todos... A veces todos los días parecen domingo, al ritmo de una Semana Santa perpetua, pam, pam, pam", compara el pamplonés realizando una onomatopeya de los pasos y desfiles. E insiste que se debería "revitalizar el rollo canalla de Zahara, pero el rollo canalla sano", matiza. Claro que estaría mal que dijera lo contrario, así que se mide y cita, entre bromas, "lo que decía aquél: Queremos un lugar peor".
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