“Todos somos un poco responsables del final del Vapor”
Carlos Jurado, que ultima un libro sobre la historia del Adriano III, cree que el utilitarismo y las trabas administrativas condenaron a muerte al barco, junto a la indolencia ciudadana
Lo que queda del Vapor tras las últimas lluvias
Entre todos lo mataron y él solito se murió. El comienzo de este año 2026 ha sido testigo del triste final, anunciado, del emblemátivo vapor Adriano III, un emblema no sólo de El Puerto sino de toda la Bahía que, por varias razones, ha terminado de la peor manera posible.
De sobra es conocida la historia del tercer vapor de la saga de los Adrianos, construido en los astilleros de San Adrián (Vigo) en el año 1956 para tomar el relevo de sus antecesores, que se pusieron en uso en 1929, coincidiendo con los albores de la Gran Depresión y una profunda recesión económica que se prolongaría hasta finales de los años 30 del siglo pasado.
La necesidad de unir los municipios de Cádiz y El Puerto fue resuelta entonces gracias a la motonave Adriano I, que en esas fechas prestaba servicio marítimo de pasajeros entre Sanlúcar de Barrameda y Sevilla, con motivo de la Exposición Iberoamericana de la capital hispalense. Fue el rey Alfonso XIII quien ayudó a resolver la falta de transporte marítimo entre Cádiz y El Puerto proponiendo a Motonaves Adriano que se hiciese cargo del servicio.
Por desgracia el Adriano III se hundió junto al muelle de Cádiz el 30 de agosto del 2011, pero su sentencia de muerte había comenzado antes, cuando con la llegada de los catamaranes dejó de ser un medio de transporte práctico y rentable para unir las poblaciones de El Puerto y Cádiz.
Esta anteposición del utilitarismo frente a la cultura es una de las causas que el escritor Carlos Jurado ve en el origen del lamentable final que ha tenido la motonave.
El autor, sobrino del escritor José Manuel Caballero Bonald, tiene ya prácticamente terminado el libro titulado ‘El último Vapor’, que verá la luz en breve una vez que se ha cerrado el círculo de su historia hace apenas unos días, tras el colapso definito de la nave a causa de los temporales y su retirada a una nave municipal.
Carlos Jurado se implicó muy a fondo con el Vapor y su historia a raíz de su amistad con el que fue propietario del Adriano III desde poco después de su humdimiento hasta el año 2020, el economista Manuel Ramos, quien llevó a cabo el intento más realista de recuperar el barco, poniendo en marcha una empresa para su explotación y llegando a elaborar y presentar públicamente un proyecto en el que iba a invertir 500.000 euros de su bolsillo, con la idea de poner el barco a navegar de nuevo pero no como línea regular, sino como oferta turística.
Manuel Ramos se rodeó de un amplio equipo en el que figuraban entre otros, el ingeniero naval José Ruiz Cortés, responsable técnico de los trabajos de recuperación del barco, y el propio Carlos Jurado, a cargo de la cara divulgativa del proyecto. La idea era que el barco volviera a navegar en 2013, después de todas las administraciones se hubieran dado golpes de pecho para recuperar la nave y anunciaran el destino de fondos e iniciativas para este fin que nunca llegaron.
Carlos Jurado recuerda el entusiasmo con el que se puso en marcha aquel proyecto, y tampoco olvida la cantidad de puertas que se encontraron cerradas: “todos los políticos se hicieron la foto, pero nadie nos echó una mano”, sentencia. Y es que el proyecto de Manuel Ramos se chocó de bruces con una burocracia que no entendía de romanticismos, ni de símbolos, ni de excepciones.
Unos años antes, cuando aún surcaba la Bahía sin pensar ni siquiera en un final así, la Junta de Andaucía declaró el barco Bien de Interés Cultural (BIC) de carácter etnográfico, a iniciativa de un colectivo portuense y como medida, supuestamente, para protegerlo. Quién iba a decir que a la postre esta declaración de BIC significaría todo lo contrario, la puntilla para el barco, porque fue precisamente ese corsé el que impidió que Manuel Ramos sacara adelante su proyecto.
Y es que como la intención del nuevo armador era que el Vapor volviera a navegar, se tuvo que enfrentar a una doble dificultad: por un lado, la declaración de BIC impedía que se tocara la estructura de la nave, pero por otra parte para poder navegar necesitaba una serie de reformas que lo hicieran accesible. Ambas cosas eran incompatibles, y finalmente, después de casi ocho años de trabas, problemas, cuantiosas multas y todo tipo de impedimentos, Manuel Ramos acabó harto de perder dinero y regaló el barco a una asociación sin ánimo de lucro, la Asociación de Amigos del Vapor, que con la mejor voluntad del mundo trató de recabar esfuerzos ciudadanos para recuperar este símbolo de la ciudad, si bien ya no para que volviera a surcar la Bahía, sí para ponerlo como reclamo en el paseo fluvial, a modo de museo.
Pero en esto El Puerto también ha sido indolente, porque las actividades puestas en marcha por la entidad no contaron con apenas respaldo ciudadano, e incluso en uno de los festivales organizados, quizás la iniciativa más ambiciosa que llevaron a cabo, tuvieron pérdidas cercanas a los 10.000 euros.
En palabras de Carlos Jurado “todos somos un poco responsables de este final, las administraciones porque se pierden en la burocracia y los ciudadanos por esa resignación con la que se aceptan las cosas. Lo cierto es que casi nadie ha movido un dedo por el Vapor”, lamenta.
También es muy crítico con el Consorcio de Transportes, a quien acusa de haberse centrado en lo práctico sin tener en cuenta los histórico con la llegada de los catamaranes, algo que sí ha ocurrido en otras ciudades españolas donde se ha dado su sitio a la tradición y la modernidad.
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