Sublime Kiti Mánver
Crítica Teatro cine
LAS HERIDAS DEL VIENTO
Ficha técnica y artística: Bernabé Rico para TalyCual Producciones. Obra: Las heridas del viento. Autor y director: Juan Carlos Rubio. Reparto: Kiti Mánver y Dani Muriel. Ayudante de dirección: Chus Martínez. Diseño de luces: José Manuel Guerra. Vestuario: Félix Ramiro. Fotografía cartel: Sergio Parra. Maquillaje y peluquería cartel: Yosuach Barea. Día: sábado 5 de diciembre. Duración: 1 hora y 15 minutos sin descanso. Lugar: Teatro Municipal Pedro Muñoz Seca en El Puerto. Aforo: 3/4 de entrada.
Hay veces que un actor o una actriz están muy por encima del texto que tienen por delante y consiguen con su interpretación salvar con decoro algo infumable. También ocurre todo lo contrario cuando es el texto el que salva una función donde los actores o actrices no están a la altura de las circunstancias. Pero existe una tercera vía donde un magnífico texto es interpretado por un espléndido actor o, por una inconmensurable actriz como es el caso de María Isabel Ana Mantecón Vernalte, conocida artísticamente como Kiti Mánver que, con la majestuosidad de una diosa sobrevenida del Olimpo dio una Master Class sobre la 'verdad del teatro' desde el propio teatro, que dudo que a todos los que asistimos el pasado sábado al Muñoz Seca porteño raro será se nos olvide con el tiempo la interpretación de esta andaluza de Antequera.
Pero la confluencia de la actriz con el texto del dramaturgo de Montilla, Juan Carlos Rubio, no ha sido precisamente una casualidad. Con ésta ya son cinco las ocasiones que Rubio acude a Kiti para plantearle el reto de un personaje nuevo, de un nuevo registro que, como el de Las heridas del viento descoloque literalmente al espectador y sea capaz de mantenerlo en tensión activa hasta su mutis por bambalinas. Un personaje que empieza como mujer para acabar siendo Juan, el hombre enamorado del padre del joven David, encarnado por un Daniel Muriel con mucha disciplina escénica siendo plenamente consciente en todo momento de la gran actriz a la que estaba dando réplica.
Rubio coloca a los personajes en la tesitura de situaciones comunes en donde uno de los grandes dilemas de este siglo, la soledad, gravita inmisericorde con un "te quiero tanto que me duele hasta escribirlo" arañando el silencio del patio de butacas. Y hasta permite que el difícil registro de la Mánver aúlle como el quejío de un lobo despechado para que "nadie se enamore nunca de alguien que le desprecie". Toda una declaración de intenciones de vida mal vivida y descreída sobre lo que se lee, sobre lo que se ve y sobre todo lo que se vive, porque a fin de cuentas ese tipo de existencia resulta ser una broma pesada de muy mal gusto que nadie debería experimentar en sus propias carnes.
La dedicatoria del dramaturgo al comienzo de su texto es así de clara e inquietante a la vez: "a mi padre. Por todo lo que no sé de él". Y empieza la obra.
Aunque el espectáculo en sus inicios no estaba concebido para ser exhibido a la italiana sino más bien en la intimidad y arropado de un público que casi pudiera tocar a los actores, su enorme calidad ha conseguido que con una cámara negra, cuatro focos y dos sillas los grandes espacios escénicos le abrieran sus puertas, y El Puerto en esta ocasión ha sido uno de ellos. Todo un lujo.
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