Dos visiones diferentes en la muerte de Carrillo

20 de septiembre 2012 - 09:32

Arcadi Espada: Gran fumador HA MUERTO una leyenda. Como ya dijeron Martí Gómez y Ramoneda sacaba los Peter Stuyvesant encendidos del bolsillo. Qué raro destino el del Partido Comunista de España. Nunca fue nada. En la República, por supuesto: 0 escaños en 1931, 1 en 1933, 17 en el 36. Pero tampoco en la Guerra Civil: de haber sido importante la habríamos ganado. En cuanto al franquismo, ya detallaron las heces en melena aquel se ve, se ve, la fuerza del PCE. Y el gran equívoco de Cataluña y el suc de la vida: aquellos que se creían comunistas cuando sólo se trataba de la estética vergonzante del nacionalismo. Y lo más terrible: que el PCE, siendo lo que era, fue lo más relevante de la oposición a Franco.. En cuanto a la Transición, qué duda cabe que Carrillo actuó con sentido común y con la astucia del que hace de la necesidad virtud.. Porque la pregunta, y la respuesta, es si pudo haber hecho otra cosa. Himno, bandera y monarquía le llevaron al 9% de los votos. Y a su izquierda, el peté. Siempre se podrá decir que Carrillo tuvo el mérito de no echarse al monte. ¿Pero qué monte, si todo estaba ya edificado? En esos años tuvo el instinto de arrimarse a Enrico Berlinguer y copiarle todo menos la finura en aquel libro que le publicó el viejo Grijalbo, Eurocomunismo y Estado, mera socialdemocracia que no osa decir su nombre. Pero Berlinguer, aunque hubo de morir en ello, llegó al sorpasso y superó a la democracia cristiana. No es que Carrillo pudiera pensar en superar a la UCD de Suárez, por supuesto: es que jamás llegó a oler la nuca perfumada de Agua Brava del PSOE. Todo acabó el 23 de febrero de 1981, y en su correlato del 28 de octubre de 1982. Su hermoso gesto de dignidad ante los matones sólo sirvió para que le votaran un 4% de los españoles. ¡País de quijotes! Como, al revés de Fraga, no tenía ninguna Baviera (¡salvo Paracuellos del Jarama!, gritaban) se refugió en los medios. Su lugar. Su lugar poético. Oriana Fallaci y aquella entrevista del otoño de 1975 en L’Europeo, que circuló por medio mundo, donde llamaba tontín a Juan Carlos. Su irrupción apoteósica en los salones del Grupo Mundo, el de Auger, del brazo de la dorada Carmen Díez de Rivera. Carrillo fue un producto de los medios. Entre otras cosas, porque todos los comunistas activos o pasivos de España tuvieron algo que ver con el periodismo. Carrillo no fue nada real en la vida de España. Pero fue noticia. Manuel Jabois: La especie humana «EL CAPITALISMO puede llegar a destruir la especie humana», se leía en la capilla ardiente de Carrillo. Hasta allí, como si de un luminoso de Las Vegas se tratase, fue aparcando también lo más granado del capitalismo a llorar al muerto. Podría decirse del líder que murió como vivió, fresco entre contradicciones, y en ese aviso de que el capitalismo puede acarrear el armagedón no hay sino la prueba de que uno persigue sus quimeras, contradiciendo al Rey, hasta la tumba. Al comunismo, después de sobrevivir a tantas piruetas extravagantes en países utilizados como probetas, se le empiezan a morir los comunistas de la misma implacable manera que a Fraga en Galicia se le morían los votos. Los niños marxistas de hoy están por lo general tuiteando en la merienda, como travestis con miedo a hacer la primera comunión, o reunidos en asambleas interminables en un local prestado por un Ayuntamiento del PP. Ve uno la que será noble calavera de Carrillo, que hasta se lleva las gafas bien puestas, y piensa que con él no sólo se va el siglo XX sino también el comunismo de los comunistas de ayer, Praga, Varsovia, Hoenecker y hasta Margarita Nelken pillada en un cuarto de Moscú con uno de su cuadrilla y una fusta en la mano en plan dominatrix, como contó un marqués. Carrillo murió tumbando sus propias necrológicas –los mejores obituarios son los que escriben los muertos porque llegan antes que nadie al lugar de la noticia; esto lo sabía Umbral, que fue para allá con las canillas peladas– y con él marcha el aliento de un comunismo que no se extrañará salvo por lo que aquí queda: un señor de fular robando lentejas y otro al que le falta el tresillo en el Congreso y las agujas de calcetar, tanta es la ternura que inspira. Qué solos se quedan los muertos, no; qué solas se quedan las ideologías. Ambos en Orbyt. Se recomiendo su suscripción

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