Si llega a ser de noche…
Laurel y rosas
VEINTICINCO voces y un epílogo. Esto es "Si llega a ser de noche…", el documental que pretende evocar cómo se vivió la riada de 19 de octubre de 1965. Veinticinco entrevistas a través de esa memoria que emerge cincuenta años después. "Si aquello en vez de las doce del día hubiese sido las doce de la madrugada, ahí se salva poca gente. Yo creo que sí. Que fue una suerte muy grande, muy grande, de que no muriera nadie. Fue lo mejor que tuvo. Que no muriera nadie", recuerda Joaquina Marín Rendón, vecina de la calle Trovador, en la barriada del Carmen.
"Si esto llega a ser de noche -añade Mamen Jiménez Amezaga, que entonces vivía en Paciano del Barco-, hubiésemos caídos en Chiclana muchísimas personas…". Veinticinco entrevistas, sí, veinticinco reconstrucciones de una misma frase: "Si llega a ser de noche…".
Ese y no otro debía, por tanto, ser el título de este documental de Juan Antonio Guerrero Escobar en el que he tenido el inmenso privilegio de participar con un guión en el que he aprendido, me he emocionado, me he reído y con el que he sentido orgullo de ser un chiclanero más. Y en el que, sobre todo, agradezco la disposición de veinticinco testigos de aquel día de aguas y fangos, de lágrimas y miedos, para compartir lo que vieron, lo que sintieron, lo que padecieron, lo que aún sigue removiendo en la memoria y en el corazón aquella inundación.
"En la del 62 fue subiendo a la par de la marea, pero ésta no, ésta fue de golpe -dice Miguel Pérez Moreno, por siempre "el niño de la pala", gracias al pasodoble de El Cote- . En el transcurso de hora y media o dos hora pasó todo. Se pensó que era una prensa que se había roto por allí arriba. O una gota fría, que antes no sabíamos lo que era ni nada. Sería, cuando vino tanta agua seguida".
En el documental no hay voz en off, ni narrador, ni locución alguna. No es necesario. Son los veinticinco testimonios los que hablan a la cámara, los que narran hasta dónde llegó el agua, hasta dónde quebró sus vidas, hasta dónde aún permanece en sus recuerdos.
"Cuando yo me enteré que había una riada -explica Isabel Ruiz Gómez, de la barriada del Pilar-, creí que era una riada chiquitita como la de siempre. Cogí por la calle La Fuente, metida en agua hasta la cintura, y eché a correr para mi casa, para ver a mi madre, que estaba enferma. Y me encontré la casa echa una mar. Toda la calle echa una mar. Y yo llorando: ¿Dónde está mi madre?, ¿dónde está mi madre?".
Es la angustia la que habla. "Lo que pasamos nosotros, mi hermana y yo buscando a mi madre que no sabíamos dónde la habían dejado. No pasó nada, pero cuando tú no sabes qué está pasando, el miedo es el mismo. Y decía: ¿Qué le habrá pasado?", rememora Manuela Gómez Díaz, que entonces vivía en la Huerta Chica. Y Paco Morales Moreno -uno de los niños del comedor de Auxilia Social, salvados por Victoria Baro, por la familia Cañizares, por los Barberá- contando cómo el padre Francisco le llegó a dar, a él y a los otros veinte niños, la extremaunción. "Entonces con la cuerda amarraron una escalera y comenzaron a sacar a los niños uno a uno". Es cómo Ana Soriano Correo, que trabajaba en casa de Luis Barberá, recuerda aquel rescate.
Y hubo evacuados, cientos, en las Albinas, en el Carmen y también en El Pilar, con el agua a seis, siete metros. "Nos resbalábamos en el techo. Yo estaba agachadita porque si no me caía al agua. El helicóptero intento bajar, no pudo. Los últimos que salieron somos nosotros, los últimos que nos montamos en barca", narra Chari Sánchez Rodríguez.
Y hubo quiénes, más afortunados, huyeron a las azoteas y a salvo contemplaron la dimensión de la catástrofe: "Recuerdo que comenté viendo aquello que cuando le contemos a la gente que el agua llegaba desde la pared del bar El 22 a la pared dónde hoy está Unicaja, de pared a pared, y que de las farolas que había en la Alameda del Río no se veían nada más que el piquito de arriba…", describe Manuel Sierra Núñez, que de la sucursal de Banesto en plena calle de la Vega tuvo que correr escaleras arriba.
Hay en la memoria -y así lo sentí mientras entrevistaba a todos ellos, a los veinticinco- aún mucho dolor. "Me llevé 20 años soñando con la riada, porque no paraban de decirme: ¡Tú te podías haber ahogado aquí!", rebela Mamen Sánchez de aquel día atrapada en su mercería de la calle de La Plaza. Pero me ha fascinado cómo entre tanto fango emergían golpes de humor, junto al agradecimiento por la solidaridad y el orgullo de la reconstrucción.
Es una hora que se pasa rápido, como aquella ola que hace cincuenta años vino de aluvión. "Siento lo que verdaderamente sentiría todo el mundo: tristeza y pena. No sé si eso se podía haber evitado o no, pero es un momento que pasó y hay que sobrevivir con él. Eso nunca se va a olvidar", apunta Encarna Pedrero desde la Mercería Canito. No olvidan tampoco Remedios García, ni Diego Vela, ni Antonia Fernández Camacho, ni Manuel Guerrero Fernández… Ninguno los que ponen voz, cara y corazón a aquella riada. Veinticinco. Pero podían haber sido cien, muchos más. Es Chiclana quien habla. Ha sido un honor escuchar. Gracias.
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