La sombra de Kate es alargada
El Paseante
Varios ciudadanos ingleses residentes en Cádiz dan su opinión sobre el enlace entre William Windsor y Katherine Middleton · La mayoría ve a la pareja como un símbolo de "renovación" en la monarquía
Hay quien habla en un castellano perfecto, algunos que se defienden en español y otros que prefieren pasar directamente al inglés. Son de Liverpool, de Surrey, de Gales. Todos odian ser "tópicos" pero afirman sentirse muy a gusto en su voluntario destierro gaditano. Y, por supuesto, cada uno tiene una opinión particular de la boda del año: la que se celebra hoy entre William Windsor y Kate Middleton. Aunque sí hay, por supuesto, líneas comunes. Entre ellas, quizá la principal sea que la mayoría ve en William y Kate un icono de renovación en la gastada imagen de la monarquía británica.
Ryan Creighton regenta, desde hace trece años, la floristería Flor de Luna en La Laguna. Es incapaz, sin embargo, de decir qué propondría para el ramo que lucirá hoy la novia: "Depende de muchas cosas que yo no conozco -dice-, empezando por la misma novia, y luego el corte del vestido, el color..."
Ryan es de Londres y no sabe si sus parientes acudirán o no a los actos de la boda. William y Kate le caen bien, los siente "más cercanos" que al resto de la familia real. Su padre, el príncipe Carlos, no le inspira mucha confianza: "Camina mirando hacia abajo, no me da buena espina", reflexiona. Es de la opinión de que las cosas han cambiado mucho en los últimos años: "Para sobrevivir -dice- las casas reales han entendido que han de ir moviéndose con los tiempos, que tienen que innovar, que esforzarse por trabajar en cosas normales, que han de tratar de integrarse".
Ruth Kent es directora de la escuela de idiomas Listen Up. En estos tiempos de orgía globalizadora, da la casualidad de que la galesa Ruth nació muy cerca de la isla de Anglesey, donde William y Kate llevan ya viviendo desde hace meses -el príncipe presta allí servicios en la unidad de salvamento marítimo- y donde residirán una vez casados.
"Ambos están muy integrados en la vida de la isla, y al príncipe se le tiene mucho afecto por el gran valor que han tenido siempre las labores de rescate en esa zona, la del mar Irlandés, que es muy difícil", explica. Ruth Kent conoció al que sería su futuro marido -un gaditano- nada más terminar la carrera, en un pub de Londres. "Por entonces -recuerda- creo que las únicas palabras que sabía decir en español eran fiesta y siesta".
Esta boda real le parece "bien" en cuanto es "buena para el país a nivel turístico y, sobre todo, para limpiar un poco la imagen de la monarquía tras tanto escándalo, divorcio y supuestas ocultaciones... Tanto William como Kate han conseguido conectar otra vez con el pueblo. De hecho, la mayor parte de los ingleses estaría a favor de que el príncipe Carlos abdicara a favor de su hijo".
Ruth vio la boda de Carlos y Diana en casa de sus padres, comiendo palomitas y pensando que el traje de Diana Spencer era perfecto. Aquel vestido le parece ahora un merengue y la familia real británica "ya no es tan tabú como entonces", comenta. Como muchos, piensa que la muerte de Diana supuso un "punto de inflexión" en el modo de relacionarse de los Windsor con el pueblo británico: "Isabel II fue muy criticada -comenta-. La gente defendía, realmente, a la 'princesa del pueblo', que tuviera derecho a protestar, a decir en lo que no estaba de acuerdo. Y, en poco tiempo, se hicieron más cercanos".
Marc Washington es demasiado joven para recordar el enlace real de 1981, aunque le da la impresión de que esta boda es "bastante más seria" que la de sus predecesores: "Los novios, al menos, parecen hechos el uno para el otro -dice-, y han estudiado juntos, y vivido juntos, cosa que creo es muy importante". Marc nació en Liverpool, trabaja de profesor en Listen Up y ya lleva en España cuatro años. Opina que, hoy día, las casas reales han de tener una función más simbólica y de referente histórico que política, un tema en el que "no deberían entrar": "Creo que ahora la familia real cumple un papel muy importante en la sociedad británica. Estés o no -pone cara de resignación- de acuerdo con ello".
A Judy Graham-Fcott, que trabaja desde hace diez años como profesora de inglés en la capital gaditana, le parece "muy bien" que William "se case con una plebeya". Pero piensa que Kate es muy distinta a Diana: "Es mayor de lo que era ella cuando se casó, tiene una preparación más completa y conoce muy bien a su futuro marido. Es una relación más consistente y se les ve a los dos muy enamorados: ninguno parece forzado a casarse", opina.
Judy recuerda haber visto la boda de Carlos y Diana en un pub en Surrey -donde viven sus padres-, y ahora verá la de su hijo también por televisión, pero desde España. Su hermano, que reside en Londres, no se acercará al enlace pero -"si no llueve"- participará en alguna street party (especie de 'verbenas' que celebrarán el acontemiento por todo el país). Judy también cree que, tras Diana, la monarquía inglesa sufrió un bajón en popularidad y que la gente "conecta más con la nueva generación". "Por eso -dice- se preferiría que William fuera rey".
Anthony Keith lleva ya catorce años en Cádiz, desde que se jubiló por "razones médicas". Aprovecharon que a su mujer, Jane, le convenía trabajar un tiempo fuera del Reino Unido y que "le apasionaba el flamenco" para decidirse a hacer de Cádiz su lugar de destino. "En curioso ver cómo todos los medios, en Inglaterra, parecen entusiasmados con el asunto de la boda real cuando las encuestas dicen que sólo un 36% de los británicos se sienten 'emocionados' respecto al enlace. Al resto, les importa un pimiento", comenta.
Anthony contempla este enlace con la "deformación profesional" de haber trabajado toda su vida en la banca londinense: "Me preocupo por el dinero, ese ha sido mi oficio", afirma, encogiéndose de hombros. La boda real británica generará en torno a 600-700 millones libras de beneficios procedentes del turismo. Pero, al mismo tiempo, supondrá un gasto de tres mil millones de libras, entre efectivos de seguridad, preparativos y, sobre todo, pérdidas laborales por los días festivos. "Obviamente, hay gente que dice que acontecimientos de este tipo valen la pena por sí mismos porque hacen a la gente 'sonreír' en tiempos de crisis", comenta. Era una explicación que se daba también en la boda de Isabel II, en 1947, tras la II Guerra Mundial: "Pero entonces el país estaba unido (y hambriento) tras años de conflicto, y todo el mundo pensaba más o menos igual. Ahora es distinto", sonríe.
"No me siento ni pro ni anti-monárquico. A los novios, de hecho, les deseo lo mejor y toda la suerte del mundo, porque la van a necesitar: a partir de ahora, durante toda su vida, cada cosa que hagan va a ser criticada -se explica-. Puedo sonar antisistema, pero lo que ocurre es que no olvido mi background de economista. La crisis del crédito es también brutal en Inglaterra. Ciudades tradicionalmente prósperas parecen ahora bocas llenas de mellas, con dos de cada tres negocios cerrados. Y en el norte es aún peor: no creo que allí haya muchas street parties. Imagino que Jane te habrá dicho lo mismo".
Bueno, en cierto modo: "¡Me interesa tres pitos la boda! -exclama Jane-. No sé cómo y dónde se conocieron, no sé quién le va a diseñar el traje y no pienso verla. Me parece una forma espantosa de gastar dinero en tiempos de crisis. No sé si será cierto, pero alguien me comentó que William había pedido un año sabático... ¿sabático de qué? Sería mejor darle un año de paro para ver cómo sobrevive."
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