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Orden de actuación de la tercera sesión de preliminares

La Aduana y otros sapos

La semana

La Dirección de Bienes Culturales se empeñó en encargar un informe sobre la Aduana cuando todo estaba decidido, y escogió a dos historiadores del arte, más proclives que los arquitectos a la conservación l El citado dictamen, favorable al mantenimiento, es un marrón para la Delegación

06 de abril 2008 - 01:00

Los gaditanos ha establecido de manera secular una equivocada relación entre la belleza del pez y el sabor de éste, de modo que las especies menos agraciadas por su aspecto han sido rechazadas siempre con cierto deprecio: el rascacio, por ejemplo, o el chorizo, que se utilizaba como enguao, antes de que fuera rebautizado como carabinero y se convirtiera en uno de los mariscos más caros.

-"¡Qué feo, no lo quiero ni vivo !", le ha espetado durante muchos años la gaditana al rape mientras el pez boqueaba de aburrimiento en los fríos mármoles de las puestos de la Plaza de Abastos.

Pero, sin lugar a dudas, el más denigrado de todos ha sido el sapo, que no es el batracio de las charcas, sino una suerte de paria de la Bahía que nadie quería comer. Sobre el sapo, además, recae una suerte de leyenda a lo Sísifo. Este pobre hombre fue castigado por los dioses griegos a la ceguera -de todo sí que había en la viña de Zeus- y a cargar con una enorme piedra al hombro desde el valle a la montaña, pero una vez ganada la cumbre tiraba el pedrusco hacia la llanura para tener que subirlo de nuevo, malgastando el tiempo en un mito que refleja la esclavitud del trabajo inútil y sin esperanzas. Pues con el sapo ocurría lo mismo: una vez pescado, debía ser pisoteado en tierra y no devuelto a la mar, porque si no se seguía el rito, en cada lance volvía a engancharse al anzuelo. Así que la barandilla de la avenida de la Bahía o la del puente Carranza estaban plagadas de sapos muertos y resecos, una hilera de restos con los que los pescadores de caña del país conjuraban su miedo a llevarse toda la noche pescando el mismo bicho.

La historia gaditana, sea dicha, tiene mucho de sapo, como demuestran diariamente los resúmenes de la hemeroteca que se publican en Diario de Cádiz: siempre hay un alcalde apoyado por las entonces llamadas fuerzas vivas que clama a Madrid un destructor o cualquier otro tipo de buque para mejorar la carga de trabajo de los astilleros. El sapo, pues, es nuestro Sísifo. Sin embargo, ahora que la crisis está apretando sobre los alimentos básicos -¡ay que ver cómo está el pescao!-, en la plaza de Puerto Real se lleva vendiendo desde hace meses el dichoso sapo, que por cierto, abierto y a la plancha, es uno de los platos estrellas del restaurante más exquisito de Córdoba, Picnic.

Pues bien, lo de la plaza de Sevilla, y en concreto lo de la Aduana, es un gran sapo: en sus dos significados, un problema repetitivo al que estamos condenados los gaditanos y, en su segunda acepción, lo que hoy se llama un marrón, un problema que alguien se ha debido engullir hasta atragantarse. En concreto, la Consejería de Cultura esta misma semana. Vaya sapo.

Veamos: el pasado 20 de febrero, quedó resuelta la remodelación de la plaza de Sevilla, incluido el derribo de la Aduana, puesto que el propietario -el Ministerio de Economía y Hacienda- así lo aceptaba a cambio, claro está, de que en la nueva zona de oficinas le dieran unos locales. No fue fácil, pero ese día Teófila Martínez y la ministra Magdalena Álvarez se dieron hasta la mano. Y el consejero de Obras Públicas de la Junta, Luis García Garrido, también estuvo en el acto donde se rubricó el acuerdo triangular. Todo perfecto.

Pero hete aquí que la Consejería de Cultura había solicitado antes, en el mes de diciembre, un informe sobre la valía de la Aduana, y resulta que ahora sabemos que a quiénes se lo encargaron prefieren que el edificio siga en pie. Según ha sabido Diario de Cádiz, fue la Dirección General de Bienes Culturales, y no la Delegación Provincial, quien se empeñó en encargar el informe a dos especialistas en Historia del Arte, que son más proclives a la conservación que los arquitectos en general, y los gaditanos en particular, que no es que sean forofos del derribo, sino que conciben que éste no merece la pena ser conservado en una remodelación donde el mar y la antigua estación de 1905 serán las que recuperen su importancia.

No es que el informe fuera dirigido, se explica, pero de algún modo no se buscó precisamente la imparcialidad, si no otro punto de vista. Distinto a la de los arquitectos, claro. En cierto modo era innecesario puesto que ni la comisión provincial de patrimonio ni la propia Consejería de Cultura alegó en contra cuando pudo hacerlo en plazo. Sólo lo hizo Obras Públicas, que consiguió introducir una estación de autobuses que se construirá en la zona y, además, eliminó las viviendas. Pero Cultura, o esta dirección general, atendió a la Real Academia de Bellas Artes, que desea que el edificio sea declarado Bien de Interés Cultural (BIC), y encargó por su cuenta este informe que ahora se le ha convertido en el sapo que está deglutiendo la delegada provincial, Dolores Caballero. En la Junta ya no quieren oír hablar del informe, ni que Teófila Martínez le acuse de retrasar más un proyecto que debe concluir en 2012, así que Dolores Caballero ha intentado echar el balón fuera, argumentando que es un "documento interno". De color marrón, debe ser, como el moteado de los sapos de la Bahía.

El informe existe y debería ser visto, aunque no sea vinculante, pero está feo eso de anunciar públicamente que se encarga algo y después, cuando cambian las opiniones, excusarse y echarle las culpa a los medios de comunicación porque estresamos mucho a los políticos. Cultura no abrirá el expediente BIC porque la decisión está tomada y muchos arquitectos ya han explicado que este edificio de los años cincuenta carece de valor arquitectónico. El asunto está cerrado, aunque la plataforma por la conservación de la Aduana se ha encontrado, de repente, con un nuevo argumento ahora que sus miembros ya estaban distraídos con la reivindicación del pináculo de la Catedral.

Lo del pináculo es genial. ¿Y no será que el último arquitecto que restauró la Catedral, Juan Jiménez Mata, partidario público del derribo de la Aduana, fue quien eliminó el pináculo al ser rechazada la construcción de una linterna tal como originariamente fue planteada?

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