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LA polémica sobre el uso del velo islámico es uno de esos incendios recurrentes en que la opinión pública, casi sin excepciones, gusta achicharrarse a través de un debate tan colérico como calórico. Es difícil dar una respuesta serena que convenza a todos. Es más, si somos rigurosamente sinceros, tampoco nosotros encontraremos una salida que satisfaga al ciento por cien nuestra convicciones, pero vale la pena intentarlo. Lo que plantea la controversia del velo islámico en la escuela afecta, al mismo tiempo, a la libertad religiosa y a la dignidad de las personas. ¿A partir de qué punto el hiyab (y quien dice el hiyab dice el crucifijo) deja de ser un derecho de la libertad religiosa y se convierte en una marca de sometimiento a unos dogmas o coerciones morales? ¿Cuándo la exhibición de una prenda religiosa es un síntoma de integración social y cuándo una ostentación de fe en une Estado laico? La respuesta es difícil pero no podemos eludirla. Están en juego principios tan importantes como el respeto a la diferencia, la libertad de culto y la integración cultural. O conductas perversas como la xenofobia, el fanatismo, la manipulación de los menores o la esclavitud de la mujer.
Por eso una norma general e inconcreta que prohibiera o tolerara el velo estaría al albur de las interpretaciones personales. Ahora bien, una ley concretísima que tuviera en cuenta las infinitas variantes de la simbología, las medidas de la vestimentas y las interpretaciones sería tan abrumadora como inabarcable. Lo lógico es que en el uso de los símbolos religiosos se aplicara una generosa tolerancia pero sin caer en la insociabilidad, pero ¿quién marca las fronteras de la transigencia? El Gobierno, se puede decir. Pero, ¿qué Gobierno y bajo qué distintas convicciones ideológicas?
Ante ese riesgo de imprecisión sería prudente que la comunidad internacional, y, en concreto, la europea adoptaran unos ejes básicos comunes. Pero ¿de qué servirían tales ejes? La política de extranjería de Berlusconi ¿aceptaría la moderación francesa?
El caso de Francia es quizá el más interesante. Prohíbe el uso de elementos religiosos en escuelas e institutos, el velo islámico, pero también los crucifijos, y otras manifestaciones. En España, donde digan lo que digan los ultra ortodoxos reina una exquisita transigencia en el uso de símbolos católicos (los casos de retirada de crucifijos son anecdóticos comparados con las clases de religión, los belenes, las fiestas de origen religioso, etcétera), el trato hacia el hiyab debería ser idéntico. Tanto debería importar una catequesis católica que otra islámica. Sería una buena manera de ensayar la transigencia.
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